05 de noviembre de 1947 -. Noruega.
El sol ascendía por el horizonte dándole inicio a un hermoso día que ambas rubias aprovecharían al máximo.
— Annelise, no comas tan rápido, puedes ahogarte -. Dijo Britta bajando a la cocina con un sobre de papel entre sus manos.
La pequeña devoraba su alimento con una etiqueta inexistente, como si nunca hubiese probado un bocado antes.
— ¡Es que quiero terminar rápido! ¡Estoy muy ansiosa por conocer a mis padres! ¿Crees que tenga hermanos?
— Creo que no.
Efectivamente, luego de un par de días Britta recibió la información que estaba buscando sobre la pequeña niña de ojos verdes. Su ficha de adopción era una hoja pobre y descuidada que a penas contenía una mínima información, pero al menos dejaba en claro que había sido adoptada por una pareja adinerada del pueblo, cuyo apellido era Andersen, que a pesar de llevar mucho tiempo casados, aún no tenían descendencia así que era obvio porqué habían decidido adoptar.
No obstante, lo que aún no estaba muy claro para Britta era la razón por la cual Annelise estaba en un callejón baldío y no con ellos, pero decidió no darle más vueltas al asunto. Sin nada más que hacer salió de su hogar tomando la mano de la niña, no sin antes ponerle un enorme abrigo que le llegaba hasta más abajo de los talones para aminorar el frío.
— ¿Qué es eso que llevas en la mano? -. Preguntó la adulta al ver que la niña llevaba algo en su otra mano, un pedazo de hoja arrugada, pero Britta lo que en realidad quería saber era su contenido.
— Es un dibujo que hice para mis padres -. Murmuró algo apenada.
— ¿Y puedo verlo?
Annelise accedió a mostrarle el dibujo a Britta, era una pequeña obra donde se podían apreciar dos personas grandes y una más pequeña enfrente de un cuadrado que representaría la casa. En la mente de la pequeña eso era lo que se imaginaba que pasaría cuando llegase a conocer a sus padres, un ambiente feliz y seguro.
— Somos mamá, papá y yo -. Explicó. -—Quiero tener una familia muy feliz y quizás también un perro.
Annelise quería un perro, pero no entendía el contexto de la realidad que le tocó vivir, si las familias decidían desechar a los miembros más jóvenes al no ser de utilidad, era inimaginable lo que podría pasar con las mascotas en esa época de crisis y carencias.
A medida que caminaban por el centro del pueblo parecían robarse las miradas de todos alrededor, llevándose susurros a su paso. Britta se sintió intimidada ante la falta de prudencia de las personas así que tomó la mano de Annelise con más fuerza y la haló caminando a mayor velocidad.
— Te voy a extrañar cuando esté con mis padres, pero les preguntaré si podríamos visitarte.
— Igual te voy a extrañar y también trataré de visitarte -. Prometió la de ojos avellana.
Britta había perdido a toda su familia, sus padres murieron víctimas de un soldado Alemán y un par de años después sus hermanos fueron atacados por una enfermedad que también les causó la muerte. Ella estaba completamente sola y su única esperanza para no dejarse vencer por la soledad era aquel chico del que siempre esperaba noticias en los telegramas, o al menos así fue hasta que Annelise apareció en su camino. La pequeña niña había logrado llenar el vacío de la vida de Britta, sin embargo, ella no era tonta, sabía que no podía quedarse con Annelise aunque le doliera su partida, sus padres adoptivos serían capaces de darle una mejor vida.
Al cabo de pocos minutos llegaron a la dirección, una casa grande y de paredes limpias las recibió. Britta no pudo evitar girarse para mirar a la pequeña niña y pensar que esas personas, que a primera vista parecían vivir en un hogar lujoso, tendrían lo necesario para cuidarla.
— Woo -. Exclamó Annelise. — ¿Voy a vivir aquí?
— Si -. Aseguró Britta mientras cada paso que daba hacia enfrente endurecía el nudo en su garganta. No quería soltarla, aún no estaba lista para dejarla.
Cada paso fue un verdadero reto para la mujer hasta que se posaron frente a la puerta de madera clara y golpearon un par de veces, en menos de un minuto la puerta fue abierta y las recibió una mujer regordeta con el uniforme de criada que pregunto la razón por la que se encontraban allí.
— Encontré a la hija adoptiva de la familia -. Explicó Britta. — Estaba perdida y quise regresarla a casa.
La mujer de uniforme se vio desconcertada pues ella no recordaba que sus jefes hubiesen adoptado a una niña, no obstante, Britta le mostró la ficha de adopción y la evidencia fue innegable; por lo que la mujer, con una sonrisa amable, las dejó ingresar mientras buscaba al señor y la señora de la casa.
Si ese hogar se veía caro por fuera, por dentro era todo un lujo que a penas unos pocos afortunados podían darse en la población noruega, Britta se sintió feliz al pensar que Annelise estaría bien cuidada, pero al mismo tiempo el dolor del abandono en su corazón se incrementaba cada vez más.
Pasos en las escaleras se hicieron presentes llamando la atención de Annelise y Britta, ambas miraron en dirección al sonido encontrándose con un hombre alto, con poca barba que tenía un semblante muy serio y tras él iba una mujer de piel de porcelana pero que se encontraba tan pálida como si hubiese visto al mismo diablo. La de ojos color avellana se sintió algo aturdida al no entender la situación tan tensa en la que se encontraba, pero aún así decidió tomar la palabra.
— Buen día, señores -. Saludó muy formalmente. — Mi nombre es Britta y he encontrado a su hija perdida en un callejón.
El silencio prevalecía en la sala, pero Annelise en su inocencia decidió dar un paso al frente, acercándose a sus padres adoptivos con una sonrisa que tardó poco en desaparecer.
— Esa cosa no es mi hija -. Gruñó el hombre. — Esas sucias monjas nos engañaron para darnos un bebé nazi.
La niña se quedó estática ante las palabras crueles del hombre y Britta no podía creer lo que escuchaba por lo que volvió a hablar en defensa de annelise.
— Señor, ella es apenas una niña -. Le recordó. — Además, usted la adoptó, no la puede dejar por su cuenta.
— ¿Una niña? Eso es alemán, siquiera debería ser considerado humano -. El odio bajaba como veneno ardiente en sus palabras lastimando a la pequeña que se había hecho tanta ilusión con su familia.
— Señor con todo respeto Annelise es una niña dulce, más allá de su procedencia.
— ¿No te da asco? Ella fue procreada por los mismos monstruos que masacraron Europa -. Fue la mujer del hombre quien habló. — Es una niña alemana, ella y todos los suyos están manchados.
— ¡Señora! -. Se exaltó Britta. — No permitiré que hable de esta manera de Annelise, solo es una niña ¿Qué culpa tiene de lo que hayan hecho los adultos?
— No tiene culpa alguna, pero los alemanes llevan un alma putrefacta y malévola, yo no expondré a mí familia a un peligro latente como lo es esa cosa.
Para ese entonces ya Annelise había corrido a esconderse detrás de las piernas de Britta, aferrándose con fuerza a los pliegues de su falda.
— Ustedes ya la adoptaron, no pueden desprenderse así de simple de su responsabilidad -. Dijo Britta sintiendo como el agarre de Annelise se hacía cada vez más fuerte.
— Da igual, yo no me haré cargo de eso y les exijo que se vayan de mi casa -. Gruñó el hombre acercándose a paso rápido hacia Britta y haciéndola retroceder hasta la puerta.
— Usted la adoptó -. Seguía recordándole ella.
— No nos llegó la notificación de que esa cosa era alemana hasta un día antes que llegase aquí, no voy a criar al engendro de nuestros enemigos -. Gruñó la mujer.
— No quiero verlas de nuevo por aquí y haz lo que quieras con la pequeña nazi, no nos importa -. Escupió el hombre antes de cerrar la puerta en las narices de Britta.
La rubia de mayor edad sumamente indignada tomó la mano de la niña y con la vista fija al frente se alejó de aquella casa.
— Britta -. Llamó la pequeña rubia. — ¿Estás segura de que tú no puedes ser mi mamá?
La voz de Annelise parecía quebrarse mientras apretaba el dibujo que le había hecho a esas personas contra su pecho, era tan pequeña que siquiera comprendía las situaciones que tenía que vivir, solo terminaba sintiendo el dolor que las mismas siempre causaban.
— Si, estoy segura -. Respondió. — Pero no te preocupes, seguramente vamos a conseguir una familia que te quiera mucho y pueda cuidar de ti.
— También dijiste que ellos me iban a querer... -. Murmuró pateando una pequeña roca en su camino y Britta no supo que responder, le había dicho que sus padres la querrían pero nunca se imaginó que habrían unos seres tan malvados como esos.
El odio a los alemanes era palpable en los sentimientos del pueblo noruego, el resentimiento era entendible pues los soldados habían hecho atrocidades inimaginables que iban desde allanar casas hasta masacrar personas y exhibir los cuerpos en las calles; pero el odio hacia una pequeña inocente de esas fechorías era injustificable, no había excusa para redirigir el rencor hacia los niños.
Cuando faltaba poco para llegar a su destino la pequeña Annelise se permitió llorar, mojando con sus lágrimas el dibujo en sus manos y logrando que el color del mismo se corriera por la humedad, dejando manchones a lo largo y ancho de la hoja, lamentablemente Annelise aprendió desde muy pequeña que el mundo y muchas de las personas en él eran crueles mediante distintas experiencias, unas más duras que otras.
Luego de un rato llegaron al hogar de Britta, ya había caído la tarde por lo que la de ojos avellana decidió servirle el almuerzo a la pequeña para luego enviarla a jugar un rato. Le dio una sopa de pescado cuyos ingredientes los había conseguido a costa de hacer muchos trabajos pesados en la panadería y varias horas extras, no era la gran cosa, pero fue necesario para Annelise, quién desde que llegó al hogar de Britta solo había consumido alimentos de bajo valor nutricional.
— ¿Tú no vas a querer? -. Preguntó la pequeña cuando casi se había terminado el plato.
— No, no tengo hambre ahora.
Pero la circunstancia real por la que pasaba Britta era que no había nada más para comer, solo quedaba el plato de sopa que le había dado a la niña. No comía por falta de hambre sino por falta de alimentos. Tras terminarse la comida y lavar sus dientes la pequeña rubia fue llevada al patio trasero por Britta, quien la vigilaba mientras jugaba con montones de hojas secas, un entretenimiento que le duró varias horas; Annelise parecía haberse olvidado de lo sucedido horas antes, por lo que la mujer nunca se espero la pregunta que le haría la niña al acercarse.
— ¿Es cierto que llevo lo malo en el alma? Como dijo mi... Ese hombre -. Preguntó, sus pequeños ojos verdes parecidos a dos pequeñas esferas de jade parecían brillar por la iluminación del moribundo sol que ya descendía por lo largo del cielo.
— Eso no es cierto, tú eres una niña muy buena.
— Quizás no sea verdad, no soy buena -. Refutó. — Y quizás por eso la gente me trata mal.
— Ya te dije que eres una niña espléndida, pequeña, a veces la gente ha sufrido mucho y por eso creen que tienen el derecho de hacer sufrir a los demás pero no es así, tú no tienes la culpa de nada.
— Pero...
— Vamos, entra, ya se está haciendo de noche -. Ordenó la mujer cortando el tema de raíz.
— Muy bien, Britta.
Con su estómago rugiendo y esa sensación fría del hambre recorriendo su cuerpo decidió cerrar la puerta tras la entrada de Annelise y dirigirse a un pequeño despacho que le pertenecía a su difunto padre, ya allí saco una hoja de papel blanco y decidió redactar una carta hacia el orfanato de la niña, ya que afortunadamente su nombre y dirección estaba en la ficha de adopción.
No quería dejarla pero la falta de dinero era un problema que cada vez parecía crecer más.





