El aroma la golpeó antes de que él terminara de hablar.
Era gardenia. Pesado, empalagoso, dulce. Era el perfume que Sierra había usado desde los diecinueve años. Estaba pegado al abrigo de lana de Cincel, irradiando de él en oleadas, llenando el espacio entre ambos.
Alhaja se puso de pie. Sus ojos se clavaron en el cuello de su camisa.
Ahí, resaltando contra el blanco impecable, había una mancha roja. No era un roce accidental. Era una marca deliberada.
Cincel notó que ella miraba. No se inmutó. Se frotó la sien con dos dedos, con el rostro torcido en una mueca de cansancio.
-No me mires así, Alhaja -dijo él, pasando de largo hacia el bar-. Fue solo una cena de negocios. Los inversionistas estaban muy intensos.
-Negocios -repitió Alhaja. Tenía la voz ronca.
-Sí. Negocios. -Cincel se sirvió un vaso de agua-. Algo que tú no entenderías.
Alhaja no se movió para quitarle el abrigo. No le preguntó si tenía hambre. Se estiró hacia la mesa de centro y tomó el sobre azul.
Lo deslizó sobre la superficie de mármol. El papel produjo un sonido seco y áspero.
Cincel le echó un vistazo por encima del borde de su vaso.
-¿Qué es esto? ¿Ya renunció la señora Ciruelo? ¿O es el nuevo menú de la semana?
-Son los papeles del divorcio -dijo Alhaja-. Ya los firmé.
Cincel se quedó petrificado. El vaso se detuvo a mitad de camino a su boca. Parpadeó, procesando las palabras, y luego soltó una risa corta e incrédula.
-¿Papeles de divorcio? -Dejó el vaso con demasiada fuerza. El agua salpicó fuera-. Alhaja, ¿en serio? ¿Esta es tu nueva estrategia? ¿Amenazar con irte para que te ponga atención?
-No estoy amenazando -dijo ella-. Me voy.
-¿Porque llegué tarde? -Cincel sacudió la cabeza, mirándola con lástima-. Estás histérica. Tómate un Xanax y vete a dormir.
-Espero que tú y Sierra sean felices -dijo Alhaja-. Ya no tienes que planear galas secretas. Puedes presumirla en público.
El rostro de Cincel se ensombreció al instante. La diversión desapareció, reemplazada por una furia fría y afilada.
-¿Me has estado espiando? -acusó él, acercándose. Se impuso sobre ella, usando su altura como un arma.
-No tuve que espiar. Dejaste tu iPad en la mesa. Se sincronizó solo.
-No tengo tiempo para tus celos -espetó Cincel-. Tengo una empresa que dirigir. Tengo problemas reales.
-Ya no -dijo Alhaja. Se agachó y tomó su maleta de lona.
Cincel la vio levantar esa bolsa barata. Sus ojos se entrecerraron.
-Si cruzas esa puerta -dijo él, con una voz baja y peligrosa-, te corto todo. El fideicomiso. Las tarjetas. El chofer. Todo se detiene en el segundo en que pongas un pie afuera.
Alhaja se colgó la maleta al hombro.
-Hazlo.
-No vas a durar ni una semana en esta ciudad -se burló Cincel-. No tienes habilidades. No tienes trabajo. No eres nada sin el apellido Cincel.
-Correré el riesgo.
Caminó para rodearlo.
Cincel se puso frente a ella, bloqueándole el paso al recibidor.
-Lee el acuerdo prenupcial, Alhaja. Si te vas, no te llevas nada. Ni un centavo. Me voy a asegurar de que te mueras de hambre.
Alhaja lo miró a los ojos. Por primera vez en tres años, no vio a un dios. Vio a un hombre con una mancha en el cuello y miedo en la mirada.
-No necesito tu dinero, Cincel -dijo ella suavemente-. Guárdalo. Sierra tiene gustos muy caros en bolsas.
Pasó por su lado. Él no la detuvo. Estaba demasiado choqueado.
Alhaja abrió la pesada puerta de caoba. El aire frío de la noche entró de golpe, golpeándole el rostro.
-¡No vengas gateando cuando te des cuenta de que no tienes ni para el metro! -le gritó Cincel a sus espaldas.
Alhaja no se dio la vuelta. Cerró la puerta tras de ella.
¡Bum!
El sonido retumbó por toda la mansión.
Adentro, Cincel se quedó solo en el recibidor. Su corazón martilleaba contra sus costillas, un ritmo frenético que no sabía explicar. Era solo un berrinche. Ella volvería para el desayuno.
Afuera, Alhaja empezó a caminar.
La entrada de la casa medía casi medio kilómetro. El viento atravesaba su chamarra delgada, pero no se detuvo. Caminó hasta llegar a la calle principal.
Sacó su celular y abrió la aplicación de Uber. No llamó al servicio privado. Pidió un Toyota Camry.
Diez minutos después, estaba sentada en el asiento trasero de un auto que olía a aromatizante de pino y cigarro viejo.
-¿A dónde vamos? -preguntó el conductor, un hombre mayor.
-A Midtown -dijo Alhaja-. Al edificio Denario.
Su celular vibró en su mano. Una notificación del banco.
"ALERTA: La tarjeta adicional con terminación 4098 ha sido suspendida por el titular de la cuenta".
Ni cinco minutos se había esperado.
Alhaja no entró en pánico. No lloró. Puso su pulgar en la aplicación bancaria y cambió de perfil.
La pantalla se refrescó. La interfaz cambió de la cuenta compartida de Chase a un tablero seguro y encriptado.
Cuenta: Swiss Credit Union / Titular: Solaris.
Saldo: 1,540,000,000 CHF.
El número se extendía por la pantalla, una suma de diez cifras acumulada por inversiones tempranas en Bitcoin y las regalías silenciosas de sus algoritmos. Era suficiente para comprar la mansión de los Cincel diez veces.
Cerró la aplicación.
Abrió sus contactos. Buscó "Esposo".
Le dio a Editar. Borró la palabra "Esposo" y escribió "Cincel".
Luego, seleccionó Bloquear contacto.
De vuelta en la mansión, Cincel pateó el bote de basura de la sala. Chocó contra la pared, derramando su contenido.
Una bola de papel satinado rodó por la alfombra. Era la foto del ultrasonido.
Cincel la miró de reojo, pensó que era un recibo o un pañuelo usado, y pasó por encima de ella.
Sacó su teléfono y marcó a Cebada.
-Cancela sus tarjetas -ladró Cincel al teléfono-. Y dile a los de seguridad de la entrada que si intenta volver esta noche, no la dejen pasar. Que duerma en la calle.
En la parte trasera del Uber, Alhaja vio cómo el sol empezaba a teñir el horizonte, pintando el cielo de Nueva York con tonos púrpura y dorado.
Respiró profundo. Le dolió, pero ese aire ya era suyo.





