La princesa Isabella tenía el cabello largo y oscuro, como su madre, la reina Sofía. Sus ojos eran verdes, como los de su padre, el rey Enrique. Era delgada y alta, con una piel suave y pálida, una princesa muy hermosa.
Su hermano mayor, el príncipe Alexander, era alto y fuerte, con el cabello rubio y los ojos azules. Tenía una barba bien definida y una sonrisa segura.
Su hermano mediano, el príncipe Gabriel, era más bajo y delgado que Alexander, con el cabello castaño y los ojos marrones. Tenía una sonrisa pícara y una mirada traviesa.
La reina Sofía era una mujer hermosa, con el cabello largo y oscuro, como su hija Isabella. Tenía los ojos verdes y una piel suave y pálida. Era elegante y refinada, con una sonrisa cálida y una mirada amable.
El rey Enrique era un hombre fuerte y seguro, con el cabello gris y los ojos verdes. Tenía una barba bien definida y una sonrisa autoritaria.
Un día, la familia real se reunió en el salón del trono para discutir un asunto importante. Isabella estaba sentada entre sus hermanos, escuchando atentamente a sus padres.
"Isabella, hija mía, debes aprender a controlar tus poderes", dijo la reina Sofía, mirándola con preocupación. "No podemos permitir que tus habilidades mágicas te dominen"." La corte pensará que no eres digna de portar todo tipo de magia, que eres un peligro mismo con el simple hecho de respirar, y debes dejar de comportarte como algo que no eres, por los dioses eres una princesa".
"Sí, madre", respondió Isabella, asintiendo con la cabeza. Sin contestarle todo lo que se le pasaba por su mente
"Y tú, Alexander, debes aprender a ser más diplomático", agregó el rey Enrique, mirando a su hijo mayor. "Un rey debe saber cómo negociar y resolver conflictos sin recurrir a la fuerza".
"Sí, padre", respondió Alexander, asintiendo con la cabeza.
Gabriel se rió y dijo: "Yo soy el único que no necesita aprender nada. Ya soy perfecto".
Todos se rieron, y la tensión se disipó. La familia real continuó discutiendo, pero con una atmósfera más relajada.





