Amor Y Prejuicio

Eran ya las 06:37 de la tarde, apenas estaba saliendo de mi última clase, odiaba cuando algunas de las materias más importantes siempre tocaban a última hora. Suspiraba mientras avanzaba hacía la parada de autobús, rogaba porque el último autobús aún no haya pasado, de no ser así, me tocaría caminar a casa, y el viejo me mataría por llegar tarde a su dichosa reunioncita con ese misterioso sujeto al que se moría por darle sexo oral con tal de que le diera dinero, jaj, qué irónica es la maldita vida.

Rápidamente ví cómo un autobús rojo se estacionaba en la parada, por lo que corrí para alcanzarlo mientras me metía la mano en el bolsillo y sacaba algo de cambio de este, afortunadamente el transporte público no era costoso, de lo contrario ya habría rebajado como 15 kilos caminando de casa a la universidad y viceversa.

— ¡¡Esperen!! — grité mientras lograba alcanzar al dichoso autobús, subí mientras jadeaba por el cansancio, estaba prácticamente vacío, solo algunas personas estaban en él.

— ¡Paga y siéntate, chico bonito! — reclamó el conductor al verme subir, yo le pagué con los billetes arrugados que sobraban en mi bolsillo, y me dispuse a sentarme como ese amargado chofer me indicó, pero justo cuando íbamos a seguir avanzando, escuché de inmediato cómo alguien gritaba porque no nos fuéramos.

— ¡¡Esperen!! — gritó una voz femenina que rápidamente subió al autobús, arqueé una ceja al verle, lucía como una estudiante, pero era la primera vez que la veía.

— Paga siéntate muñeca — le replicó igualmente el conductor, la chica pagó y se acercó al lugar donde yo estaba, todo el maldito autobús estaba vacío, salvo por una anciana que estaba sentada al fondo, y esa chica se antojó de sentarse junto a mí, sepa Dios por qué, a mí no me gustaba sentarme cerca de las personas, menos cuando había tanta libertad para escoger asientos, o la chica era extremadamente extrovertida, o me quería coquetear, al tiempo descubrí la respuesta, aunque en su momento sí me generó algo de incomodidad.

— Hola — me saludó por cortesía mientras se sentaba junto a mí y llevaba uno de sus mechones rubios tras su oreja, yo le saludé con la mano al mismo tiempo que sonreía y alzaba las cejas, pero no pronuncié palabra alguna, estaba demasiado cansado y acalorado para siquiera intentar fingir que me gustaba socializar — ¿Estudias aquí? — cuestionó señalando con su dedo índice el edificio del que nos acabamos de marchar.

— Medicina — asentí de nuevo mientras soltaba un ligero suspiro, el calor estaba haciéndose más intenso, y aquella chica solo parecía concentrada en charlar.

— Vaya, qué bueno. Yo estudio veterinaria, o bueno, empecé hoy a estudiar, tuve que pedir un cambio de mi otra escuela para acá — "¿porqué mierda me estás contando esto?" rebotaba en mi mente mientras que la escuchaba hablar, sé que soy un cretino, pero en mi defensa, el calor me pone en peores condiciones para socializar.

— Oh vaya, ya veo — asentí sonriendo de forma forzada e inclinando un poco la cabeza, luchaba por no ser grosero, a pesar de que era evidente de que era de esas "chicas amor y paz" lucía buena gente, yo siempre he tenido buen ojo para la gente imbécil, y ella no lucía como una.

— Me llamo Mónica, ¿y tú eres? — cuestionó inclinando igualmente la cabeza, y sujetando entre sus brazos la mochila lavanda donde seguramente llevaba sus libros.

— Taylor — aclaré sutilmente mientras miraba hacía otro lado, estuve a punto de cortar aquella conversación, pero por alguna razón, la duda de "¿quién es esta chica?" se generó en mi mente, las ganas de seguir preguntándole cosas que no eran mi problema, y que harían que por consiguiente ella pregunte cosas de mi vida que no eran su problema, pero no pude mantener la boca cerrada, como el imbécil que soy — Y em... ¿eres nueva en la ciudad?

— Sí, me mudé hace poco para estudiar veterinaria por aquí, en mi pueblo las universidades son asquerosas, y no dan buenas carreras — afirmó frunciendo el ceño.

— Entiendo — asentí mordiéndome levemente el labio inferior — ¿Y de dónde dices que venías?

— Jacksonville — afirmó ella decidida.

— ¿Te fuiste de Jacksonville para venir a Detroit? — murmuré de forma algo incrédula, ella empezó a reír al oírme, debo admitir que se veía tierna al reír de tal forma.

— Lo sé, toda mi familia dice que estoy loca, ¿pero qué te digo? Mis tíos viven aquí y me ofrecieron darme un sitio al que quedarme para estudiar, además siempre quise venir a Detroit.

— Es curioso, porque casi todos los que viven aquí quieren marcharse — dije cínicamente mientras reía de forma irónica, no éramos la peor ciudad en retrospectiva, no había una violencia incontrolable como en Boston, no había droga en cada esquina como en Denver, y definitivamente no había cadáveres en cada esquina como en Westvalley, pero yo igual no le llamaría a Detroit un "paraíso de ensueño".

— Bueno, tal vez a muchos no les guste, pero a mí personalmente me gusta mucho estar aquí — afirmó sonriendo con ternura, yo sonreí en respuesta mientras desviaba la mirada, parecía el momento perfecto para dejar de socializar, ponerme los audífonos y hundirme de lleno en la encantadora música de luis miguel para disfrutar de lo que quedaba de viaje, pero en cuanto saqué mi celular de mi mochila, aquella chica rubia se antojó de seguir hablándome — Oye.

— ¿Sí?

— Em... ¿sabes de casualidad de un sitio donde pueda comprar libros aquí para la escuela? — cuestionó mirándome con detenimiento, apreté mi celular con algo de fuerza, era obvio que tomaría cualquier excusa para hablarme.

— Pues, depende, ¿quieres libros buenos, o quieres libros económicos? — pregunté sin pelos en la lengua, ella se rió mientras me miraba confundida, yo me mantuve serio, y creo que fue mi evidente cara de seriedad lo que le hizo dejar de reír.

— Em... no lo sé, ¿cuál me recomiendas tú?

— Si quieres libros buenos puedes ir a la librería "Ravenclaw" del centro de la ciudad, hay mucha variedad, y los libros tienen muchísima información. Pero, si buscas algo más económico, vé a la tienda "Parker's" que está en el centro comercial, allí hay libros que no tienen taanta información, pero son mucho más baratos que un libro en Ravenclaw.

— Oh, entiendo — asintió mientras sonreía tímidamente — Es que tengo que comprarme algunos libros, y como soy nueva aquí no tengo ni idea de adónde ir.

— ¿Qué tus tíos no te pueden guiar? — pregunté mientras revisaba mi celular, cuatro mensajes de la secretaria del viejo recordándome que debía estar en casa a las 07:30, no sé ni qué era peor, cuando el viejo no quería que estuviera en su casa, o cuando me obligaba a estar presente.

— Pasan todo el día trabajando, y de noche llegan exhaustos, por ello no me gusta molestar les — afirmó mientras sacaba igualmente su celular, se notaba que era de una familia con dinero, el celular que tenía era mucho mejor que el mío, su mochila estaba mucho más nueva que la mía, no me crean un envidioso ni nada por el estilo, inevitablemente me fijé en ello, aunque en su defensa, cualquiera tenía mejores cosas que las que yo tenía, así que de cierta forma, ella no tenía no era la que tenía dinero, era yo el que no tenía dónde caérme muerto.

— ¿Y no tienes amigos aquí? — cuestioné escribiéndole un mensaje a Gretta, la que era la secretaria del viejo; él le asignaba a ella la tarea de escribirme cuando necesitaba hablar conmigo, el viejo siempre ha sido lo que respectivamente indica su apodo, un viejo que no se la ha llevado jamás con la tecnología, y que depende de los demás para hacer ciertas cosas.

— No muchos, la verdad son pocas las personas a las que conozco aquí, la mayoría son amigos de la universidad — afirmó mirándome con detenimiento, yo me dispuse a terminar de escribir "voy en camino, pregúntale al viejo si llevo condones para que se la chupe con protección al señor Dawson" para luego darle a enviar y poder guardar mi teléfono, Gretta tenía una paciencia envidiable, lidiar conmigo, mi tarado hermano, y el imbécil de mi padre, no era nada fácil — ¿Tú tienes amigos?

— Oh no, de hecho soy... ¿cómo se dice eso? una persona que odia socializar — afirmé sonriendo de forma cínica, ella soltó otra suave y ligera carcajada, no sé de qué tanto se reía, será mi cara de idiota la que le daba ganas de reírse.

— Juraría que tienes muchos amigos en realidad — afirmó ella mientras acomodaba su mochila sobre su hombro, qué alivio, al aparecer ya debía irse, no me malentiendan, ella no era insoportable, pero sí me incomodaba tener que hablar con una desconocida con tanto calor en el ambiente — Ya aquí me bajo.

— Genial — afirmé asintiendo suavemente.

— ¿A ti te falta mucho para llegar?

— Vivo más allá, casi al final de la ciudad — mentí, vivía en una de las calles donde había mejores casas de toda la ciudad, siendo así ¿porqué tenía que decir que vivía cerca del poblado menos pudiente? simple, vergüenza; yo era un maldito vagabundo en apariencia, ropa barata con útiles escolares de segunda mano, ni loco podía dejar que me vieran en los suburbios de los ricos, era una completa contradicción ver que yo vivía allí, y no tenía ni siquiera para comprarme algo más decente que camisetas de leñador y jeans desteñidos, en mi defensa, yo no vivía con el viejo toda la semana, a veces me quedaba en otros sitios, ya que él no soportaba verme tan seguido.

— Oh, de acuerdo — murmuró ella mientras me sonreía con ternura, yo sonreí en respuesta, aunque mi sonrisa fue más dudosa y algo nerviosa, ella movió sus dedos en señal de despedida y bajó del autobús cuando este se frenó, yo le miraba marcharse con algo de duda, algo me decía que no sería la última vez que cruzaría palabras con aquella chica tan peculiar, y vaya que así fue.

-

— Gracias — dije al chofer mientras bajaba del autobús y avanzaba hacía casa, la parada de autobuses no quedaba muy lejos para mi maravillosa suerte, porque ya eran las 07:14, pero por alguna extraña razón, mi teléfono no dejaba de vibrar, no lo saqué porque era perder el tiempo, estaba solo a pocos pasos de casa, ¿porqué la maldita insistencia? de inmediato lo supe.

Al acercarme, pude ver un bello auto negro estacioando frente a la casa del viejo, era último modelo, su pintura lucía más nueva e impecable que la pantalla rota y astillada de mi teléfono, no pude evitar tragar en seco al verle, sabía bien que ese auto no era de nadie en la casa, evidentemente era del "señor Dawson".

Caminé al recibidor, tratando de arreglar mi desordenado cabello, estirar un poco mi arrugada ropa, e intentar que mi rostro no luciera tan sudado, ¿habré oído mal lo que el viejo me dijo? me repitió cientos de veces que era a las 08:00 que el señor Dawson venía, hasta Gretta me lo recalcó por mensaje, entonces el error no fue mío, o al menos eso quería rectificar yo para evitar que me dieran una golpiza por aparecerme como un vagabundo a una "cena tan importante".

Toqué la puerta con angustia, rápidamente una de las chicas del servicio la abrió, me miró como si de un fantasma se tratase, en mi interior se formó un nudo intenso ante dicha mirada, era obvio que para que me viera así, debía de haber ocurrido algo grave, en lo que yo estuve involucrado.

Entré cuidadosamente a casa, avancé hasta llegar al salón, obligatoriamente debía hacerlo, para llegar a mi habitación era necesario pasar por el salón. En cuanto me acerqué, lo primero que notaron mis ojos, fue al viejo sentado junto a mi hermano, hablaban animadamente con una persona que estaba sentada dándole la espalda al sitio donde yo estaba parado, me puse muy nervioso, tan solo con ver la silueta de aquel hombre, mi cuerpo empezó a temblar, aún hoy día me cuesta trabajo entender por qué reaccioné de tal manera, ¿porqué él siempre ha tenido ese efecto en mí? aún no le veía la cara, tan solo visualizaba su silueta, lucía alto, largo cabello negro que le llegaba a los hombros, vestía traje, lo normal cuando se trataba de una renión de negocios de ese tipo.

— ¡Ah, ahí está! — exclamó el viejo al verme llegar, yo abrí mis ojos como platos, pero lo que realmente heló mi sangre por completo, fue cuando un par de hermosos cristales azules se posaron sobre mi piel, aquella mirada me heló, por un momento todo se desvaneció a mi alrededor, aquella mirada encantadora y a la vez tan fría, me hizo sentirme en las nubes — Robert, te presento a Taylor, el menor de mis hijos; Taylor, él es el señor Robert Dawson, un amigo con el que queremos asociarnos.

— Es un placer — delicadamente se puso de pié, era más alto de lo que yo creía. Se me acercó para estrechar mi mano, yo algo temeroso extendí la mía, su piel era tan suave y sedosa, siempre lo ha sido, creo que fue ese tacto tan dulce el que me hizo perder la cabeza.

— Igualmente señor Dawson — dije tratando de sonar como todo un hombre de negocios, cuando yo realmente era el más jóven e inexperto en aquella habitación, y eso que estaba el inútil de mi hermano Roger ahí presente.

— ¡Taylor, vé a cambiarte para que hablemos de negocios! — gritó el viejo, logrando sacarme de aquel trance en el que me introdujeron los ojos de aquel hombre, quien evidentemente era mayor que yo, aunque sus ojos brillaban más que los de una radiante adolescente.

— Claro — asentí mientras me apartaba sutilmente de él y me iba rumbo a mi habitación, qué asco, yo estaba transpirando en cada parte de mi cuerpo, y él ni siquiera estaba sudando, lucía tan elegante, y yo tan andrajoso, como siempre.

-

Habían pasado un rato ya, yo seguía en la ducha tallando mi cabello con mis dedos, trataba de darme prisa, sino el viejo me mataría por tardarme tanto, mi cuerpo se sentía bastante relajado por el agua fría, lástima que no pude darme un baño más largo para calmar las tensiones de aquel día, ya lo haría cuando acabe la reunión.

Salí del baño colocando una toalla en mi cintura y usando otra para secarme el cabello, avancé hacía mi habitación para vestirme, en mi mente se generaba la duda de "¿qué carajo voy a usar?" Yo no tenía ropa fina ni nada que se le pareciera, toda mi ropa era exageradamente casual, por no decir corriente.

Tomé unos jeans junto a una camiseta que usé en navidad, muy arrugada y algo descolorida por el tiempo que llevaba guardada, pero era lo más decente que tenía; peiné mi cabello que no era tan largo como el de Robert, pero era lo suficientemente largo como para que el viejo me dijera "Hippie", apuesto a que a Robert ni siquiera piensa en decirle la mitad de las cosas que me dice a mí, el dinero saca lo peor de la gente, eso he pensado siempre.

Estuve a punto de salir de mi habitación, hasta que el ruido de mi celular me detuvo, gruñí al ver el identificador y notar que se trataba de Raquel, odiaba deberle favores, Raqurel era más molesta que tener una erección en público.

— ¡¿Qué?! — le reclamé al contestar el celular, trataba de que no me escucharan hablando por teléfono, el viejo era muy paranóico, temía que asumiera que yo estaba en un complot con mi madre para sacarle dinero, creerán que es una locura, pero el anciano que me creó buscaba hasta la más mínima pizca de polvo para correrme de su vida para siempre.

— ¡Ay pero qué genio! — dijo ella — ¿Ya ni te puedo llamar, Ty?

— ¡¡Te dije que tenía una reunión hoy con el viejo y su socio!!

— Me dijiste que era a las 08:30.

— ¡¡El tipo llegó antes!! — reclamé entre susurros, mi sangre se heló al sentir cómo alguien tocaba la puerta de mi habitación, cubrí mi boca con mi mano por inercia, nadie tocaba a mi puerta, sólo cuando el viejo necesitaba verme.

— ¡¡Taylor, maldita sea!! — resonó la voz del inútil de Roger al otro lado de la puerta, rodé mis ojos con molestia para colgar el teléfono y de plano apagarlo, era la única forma de controlar las llamadas de Raquel.

Caminé a la puerta para abrirla, rápidamente mi mirada chocó con la mirada del imbécil de Roger, el hijo mayor y orgullo del viejo, todo porque era un lame-pelotas igual que él.

— ¡¿Quieres dejar de jalártela y salir?! ¡el señor Dawson hace horas que está esperando por ti! — oír aquello me causó algo de incomodidad, pero solo reí de forma ácida mientras cerraba la puerta de mi habitación y empezaba a caminar.

— Perdón Rog, es que recordar a tu novia me pone tan cachondo — le dije de forma cínica mientras me metía ambas manos en los bolsillos y caminaba lejos de él — Luce hermosa con esa lencería negra que se compró — reí al escuchar un gruñido salir de sus labios, amaba colmar la paciencia de ese inútil, era lo único que me animaba estar en esa casa.

Fuí hacía el salón nuevamente, el viejo y su "amigo" bebían Whisky y hablaban de negocios, yo solo escuchaba "bla bla bla, bla bla bla, y más bla bla bla" admito que lo mío nunca fueron los números ni las cuentas, tengo la paciencia de una mujer dando a luz, por lo que siempre odié tan solo pensar en dedicarme a la administración de la dichosa empresa del viejo, aunque, aquí entre nos, él jamás iba a cederme ese derecho que me correspondía, menos con Roger esperando en primera fila para quitármelo, como la hiena carroñera que siempre ha sido.

— ¡Ah, ahí está! — exclamó el viejo alzando la mano al verme llegar, me indicó que me sentara en un sofá entre él y Robert, quien no dejaba de mirarme con atención, yo no comprendía porqué, ¿le habrá parecido cómica mi cara de idiota muerto de hambre? ¿o se estaría preguntando por qué tardé tanto duchándome e igual salí luciendo como un vagabundo? no lo sabía, solo sabía que tener clavada su mirada celeste sobre mi piel, empezaba a ser muy abrumador.

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