El viaje de cinco horas desde nuestra casa hasta la Ciudad de México se sintió eterno, pero la emoción de Camila hacía que todo valiera la pena. A sus cinco años, la idea de sorprender a su papá en el trabajo era la aventura más grande de su vida. Apretó mi mano, su carita llena de una alegría pura que yo misma sentía. Quería ver la cara de Ricardo cuando nos viera aparecer sin avisar.
Llevaba un mes fuera, trabajando en un proyecto importante para su empresa. Las llamadas eran cortas, siempre cansado, siempre ocupado. Lo extrañaba, y sabía que Camila lo extrañaba aún más. Por eso planeé esta sorpresa, para recordarle que tenía una familia esperándolo.
Cuando llegamos al lujoso restaurante donde Ricardo trabajaba como gerente, el ambiente era bullicioso y elegante. Le pedí a la recepcionista que no lo anunciara, quería que fuera una sorpresa total. Tomé a Camila de la mano y caminamos hacia el área de oficinas.
Mi sonrisa se congeló en el rostro.
Ahí estaba Ricardo, de espaldas a nosotros. No estaba solo. Una mujer joven, vestida con un uniforme de asistente, estaba de pie muy cerca de él, demasiado cerca. Ricardo le pasaba un dedo por la mejilla, con una familiaridad que no era de un jefe con su empleada.
El corazón se me detuvo.
Los compañeros de trabajo que pasaban por ahí nos vieron. Sus miradas se desviaron rápidamente, una mezcla de lástima y vergüenza en sus rostros. Nadie dijo nada, pero su silencio fue un grito que confirmó mis peores miedos. El aire se volvió pesado, y la alegría que había traído conmigo se evaporó.
Ricardo finalmente se dio la vuelta. La sonrisa íntima que le dedicaba a la otra mujer se transformó en una máscara de sorpresa y pánico cuando sus ojos se encontraron con los míos.
"Elena… ¿qué… qué hacen aquí?" .
Su voz tembló ligeramente. Intentó recomponerse, forzando una sonrisa que no llegó a sus ojos.
"¡Mi amor! ¡Camila, princesa! ¡Qué sorpresa!" .
Se agachó para abrazar a nuestra hija, pero sus movimientos eran torpes, su mirada seguía fija en mí, buscando una reacción, tratando de medir el daño.
Camila, ajena a todo, lo abrazó con fuerza.
"¡Te extrañamos, papi!" .
Observé la escena, sintiéndome como una extraña. La cara de Ricardo y la de Camila eran casi idénticas, un molde perfecto. Siempre me había encantado ese parecido, pero ahora, verlo besar a nuestra hija mientras yo sabía la verdad, me provocaba una náusea profunda.
La mujer, Sofía, según su gafete, no se movió. Se quedó ahí, con una sonrisa apenas disimulada, disfrutando del espectáculo.
Para no preocupar a Camila, me obligué a sonreír.
"Pensamos que sería una linda sorpresa" .
Mi voz sonó hueca, vacía.
Ricardo se levantó, todavía sosteniendo a Camila.
"Claro que sí, mi amor. Es la mejor sorpresa" .
Pero sus ojos me suplicaban que no dijera nada, que no hiciera una escena.
El viaje de regreso a su apartamento fue un tormento silencioso. Camila parloteaba en el asiento trasero, feliz de tener a su papá al lado. Ricardo intentaba hacer conversación, preguntando por el viaje, por la casa. Yo solo miraba por la ventana, incapaz de formar una sola palabra. Cada pregunta suya se sentía como una mentira más. La traición era un sabor amargo en mi boca, y la sorpresa que tanto había planeado se había convertido en el principio de mi peor pesadilla.





