El teléfono de Carmen sonó una, dos, tres veces antes de que una voz masculina respondiera al otro lado. Ella activó el altavoz para que todos en el auditorio pudieran escuchar.
"¡Mi amor! ¡Ricardo, tesoro!" , dijo con una voz melosa y quejumbrosa que me revolvió el estómago. "Tienes que ayudarme. ¡Están tratando de humillar a nuestro hijo!"
La voz de Ricardo sonó cansada y algo irritada. "Carmen, estoy en medio de una reunión importante. ¿Qué sucede ahora?"
Su voz carecía de la autoridad que Carmen siempre le atribuía. Sonaba hueca, sin fuerza.
"¡Están diciendo que alguna mujer llamada Marcela hizo las donaciones a la UNAM, no tú! ¡Y le están dando la beca de Patricio a una pobretona cualquiera! ¡Tienes que decirles quién manda, Ricardo! ¡Diles quién es el verdadero dueño de todo!"
Hubo un silencio tenso al otro lado de la línea. Pude imaginar a mi padre, Ricardo, sudando frío en su lujosa oficina que en realidad le pertenecía a mi madre.
"Carmen, cálmate…" , dijo finalmente, pero su voz era débil. "Debe haber algún malentendido administrativo…"
"¡No quiero excusas!" , chilló Carmen, perdiendo la paciencia. "Patricio está aquí, devastado. ¿Vas a permitir que le hagan esto? Después de todo lo que he hecho por ti, ¿así nos pagas?"
Era un chantaje emocional burdo y desesperado.
Ricardo suspiró, un sonido de derrota que solo yo pude reconocer. Para salvar las apariencias, tenía que hacer una jugada.
"Está bien, está bien" , dijo, tratando de inyectar autoridad a su voz. "Escúchenme todos. Habla Ricardo. Para resolver este… pequeño malentendido, y para demostrar mi compromiso con esta prestigiosa institución, voy a hacer una nueva donación. ¡Ahora mismo! ¡El doble de lo que se haya donado antes! ¡No, el triple! Con eso, espero que quede claro a quién deben favorecer."
Un murmullo de asombro recorrió el auditorio. ¡El triple de la donación! Era una suma astronómica.
Carmen sonrió, una sonrisa de víbora que había recuperado su veneno. Miró a su alrededor con aire de triunfo, como si ya hubiera ganado.
"¿Escucharon? Mi Ricardo puede comprar esta universidad si quiere. Ahora, denle esa beca a mi hijo."
El director y los miembros del comité comenzaron a cuchichear entre ellos. La promesa de tanto dinero era tentadora. Vi la duda en sus ojos, la integridad académica luchando contra la avaricia institucional.
Fue entonces cuando una pequeña sonrisa se dibujó en mis labios. Una sonrisa que no llegó a mis ojos. Observé la patética farsa, la arrogancia de Carmen, la debilidad de mi padre, la codicia de los directivos.
Y sentí una calma helada.
Di un paso al frente, mi voz cortando los murmullos.
"Una pregunta, señor director."
Todos me miraron.
"¿Desde cuándo la excelencia académica se puede comprar? ¿Desde cuándo el futuro de un estudiante se decide por quién tiene la billetera más gorda?"
Mi pregunta flotó en el aire, simple y directa.
Carmen se burló abiertamente.
"¡Ay, qué idealista! Bienvenida al mundo real, mocosa. El dinero lo es todo. Algo que tú, con esa ropita, nunca entenderás."
Patricio, envalentonado por las palabras de su madre, se unió al ataque. Me señaló con el dedo, una sonrisa de desprecio en su rostro.
"Exacto. Personas como tú nacieron para servir a personas como nosotros. Estudia mucho, Sofía. Quizás en unos años puedas venir a pedirme trabajo en la empresa de mi papá. Si tienes suerte, te daré un puesto de limpieza."
La humillación era pública, brutal. El público guardaba silencio, algunos con lástima, otros con morbo. El profesor Ramírez parecía a punto de estallar, pero le hice una seña para que se calmara.
No necesitaba que nadie me defendiera.
Con una lentitud deliberada, saqué mi propio teléfono del bolsillo. La pantalla se iluminó, reflejando la determinación en mi rostro.
El juego de ellos se basaba en dinero. Pues bien, yo iba a jugar su juego.
Y los iba a destruir con él.





