La voz fría y mecánica del sistema resonó en el vacío, sin emoción alguna.
«Misión de conquista fallida. Cuarto intento.»
«Se ha alcanzado el número máximo de intentos. La jugadora Ximena será eliminada del sistema en diez segundos.»
Diez…
Nueve…
Ximena se quedó de pie, inmóvil, bajo la lluvia helada del mundo virtual, su ropa empapada pegada a su piel delgada. El agua corría por su rostro, mezclándose con lágrimas que ya no se distinguía si eran suyas o del cielo.
Frente a ella, Axel sostenía un paraguas, pero no para cubrirla a ella. Lo sostenía sobre la cabeza de Camila, la famosa influencer, que se acurrucaba contra su pecho, mirándola con una mezcla de desprecio y triunfo.
«Ocho…»
Cuatro veces. Había intentado conquistar a este hombre cuatro veces, siguiendo las estúpidas reglas de este juego de citas. Cuatro vidas virtuales, cuatro fracasos humillantes. Y todo para volver a su realidad, a su cuerpo enfermo, a la cuenta atrás de su propia vida.
«Siete…»
«Ximena, ya basta», dijo Axel, su voz tan fría como la lluvia. «Te lo he dicho mil veces. Amo a Camila. Siempre la he amado a ella.»
Camila sonrió, una sonrisa perfecta y cruel.
«Entiéndelo, querida. Nunca serás yo.»
«Seis…»
La desesperación la ahogaba. Ser eliminada significaba la muerte definitiva en el mundo real. El sistema se lo había dejado claro. Su cuerpo en coma en el hospital no resistiría el shock.
«Cinco…»
Justo cuando el pánico se apoderaba de ella, la voz del sistema volvió a sonar, pero esta vez con un matiz diferente, casi… compasivo.
«Detectando fluctuaciones emocionales extremas en la jugadora. Ofreciendo opción de emergencia: Salida anticipada. La jugadora puede optar por regresar a su mundo original de inmediato, renunciando a la misión. ¿Acepta?»
Era una salida. Una oportunidad. Podía volver.
Pero entonces, vio la forma en que Axel miraba a Camila, esa devoción ciega que ella había anhelado. Vio la pulsera de plata que le había regalado en su primer intento, ahora adornando la muñeca de Camila. Axel se la había quitado a ella para dársela a su verdadero amor.
Un odio frío y profundo nació en su pecho, desplazando el miedo.
«No», susurró Ximena, su voz temblando de una furia que no sabía que poseía.
«¿Qué dijiste?», preguntó Axel, frunciendo el ceño.
Ximena levantó la cabeza, sus ojos fijos en los de él.
«He decidido quedarme.»
El sistema pareció procesar su respuesta.
«Opción de emergencia rechazada. Iniciando protocolo de extensión de gracia. La jugadora Ximena obtiene una extensión temporal. Nueva condición de misión: Sobrevivir.»
La cuenta atrás se detuvo.
El alivio fue tan abrumador que casi se desploma. Pero la mirada de Camila, ahora llena de fastidio, la mantuvo en pie.
«¿Qué diablos significa eso?», espetó Camila, impaciente. «Axel, vámonos. Me estoy mojando.»
Axel asintió, sin siquiera dirigirle una última mirada a Ximena. Se dio la vuelta con Camila, protegiéndola bajo el paraguas, como si Ximena fuera solo un fantasma, un error en el paisaje.
Pero antes de que pudieran dar más de dos pasos, Ximena habló, su voz ahora clara y firme.
«Axel. Terminamos.»
Axel se detuvo en seco. Se giró lentamente, una expresión de incredulidad en su rostro.
«¿Terminar qué? Nunca hubo nada que terminar, Ximena.»
«Claro que lo hubo», dijo ella, dando un paso adelante. «Hubo un contrato. Un acuerdo. Y ahora, lo doy por terminado.»
Se acercó a Camila y, sin previo aviso, le arrancó la pulsera de plata de la muñeca.
«¡Oye!», gritó Camila, sorprendida y furiosa.
Ximena ignoró sus chillidos. Sostuvo la pulsera frente a Axel. Era un objeto simple, una cadena con un pequeño dije de sol. Él se la había dado en un momento de debilidad, un raro instante en que pareció verla a ella y no a la sombra de Camila.
«Esto», dijo Ximena, su voz llena de un dolor helado, «te lo devuelvo. Ya no lo quiero. Ya no quiero nada de ti.»
Y con un movimiento rápido, arrojó la pulsera al suelo, a un charco de lodo. El metal plateado se hundió en el agua sucia, desapareciendo de la vista.
El rostro de Axel se contrajo en una mueca de ira.
«¿Qué te pasa? ¿Te volviste loca?»
«No. Simplemente desperté», respondió ella. «Me cansé de ser tu chiste, tu pasatiempo, tu sustituta.»
Intentó acercarse, tal vez para disculparse, tal vez para seguir discutiendo, pero ella retrocedió.
«¿De verdad creíste que sentía algo por ti?», le preguntó él, su voz cargada de un desdén que la hirió profundamente. «Todo fue un juego, Ximena. Un juego que tú perdiste.»
Ella lo miró fijamente, memorizando cada rasgo de su rostro, cada matiz de su crueldad.
«¿Nunca… nunca sentiste nada? ¿Ni un poco?»
Hubo una pausa. Por un instante, una fracción de segundo, le pareció ver una duda en sus ojos, un destello de algo que podría ser remordimiento. Pero desapareció tan rápido como llegó.
«No», dijo él, su voz firme y definitiva. «Nunca.»
Esa palabra fue el golpe final.
El sistema volvió a hablar, su voz narrando los hechos como si leyera un informe.
«Jugadora: Ximena. Programadora de videojuegos. Enfermedad terminal: Cáncer. Pronóstico: Menos de seis meses de vida. Misión: Completar la 'ruta de conquista' del personaje secundario, Axel, para obtener una extensión de vida en el mundo real. Intentos realizados: Cuatro. Resultado: Fracaso total.»
La lluvia arreció, cayendo como un telón sobre la escena, borrando las figuras de Axel y Camila, que finalmente se alejaron, dejándola sola en la oscuridad. Sola con su misión fallida y su corazón roto.
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