Sofía se sentó en el lujoso bar del hotel, el vaso de whisky en su mano temblaba ligeramente, el hielo chocando contra el cristal era el único sonido que rompía el silencio de sus pensamientos, era un eco sordo del caos que había sido su vida en las últimas veinticuatro horas.
Ayer, a esta misma hora, estaba planeando su boda, la boda de sus sueños con el hombre que amaba, Ricardo, y hoy, todo se había derrumbado, todo era una mentira.
El hombre sentado frente a ella la observaba con una calma desconcertante, sus ojos oscuros eran profundos y difíciles de leer, y por un momento, Sofía se sintió expuesta bajo su mirada.
Era guapo, de una manera casi peligrosa, con facciones bien definidas, una mandíbula fuerte y un aire de confianza que llenaba el espacio entre ellos, su traje, aunque sencillo, gritaba calidad y dinero, y el aroma sutil de su loción era caro y masculino, una mezcla embriagadora que contrastaba brutalmente con el recuerdo agrio que la atormentaba.
El recuerdo de haber entrado en su propia casa, la casa que compartía con Ricardo, y encontrarlo en la cama con su propia hermanastra, Isabella, la imagen de sus cuerpos entrelazados, sus risas cómplices, se había grabado a fuego en su mente.
Sofía apartó la mirada del hombre y la fijó en su mano izquierda, en el deslumbrante anillo de compromiso que aún llevaba puesto, la joya, que antes simbolizaba amor y futuro, ahora se sentía como una marca de humillación, un recordatorio constante de la traición.
Un flashback la golpeó con la fuerza de un puñetazo, no solo la imagen, sino también las palabras que escuchó antes de que ellos la vieran.
"No te preocupes, mi amor", había dicho la voz melosa de Isabella, "una vez que te cases con ella y tengamos el control de la empresa, la echaremos a la calle. Al fin y al cabo, ella no es más que una huérfana adoptada, yo soy la verdadera heredera de la familia Torres".
"Tienes razón", respondió Ricardo, su voz llena de una codicia que Sofía no había sabido ver, "todo lo que tiene será nuestro".
Un escalofrío recorrió la espalda de Sofía, y la rabia, fría y afilada, reemplazó el dolor, no iba a permitir que se salieran con la suya, no iba a ser la víctima en su propio drama.
Levantó la vista, sus ojos encontrándose de nuevo con los del hombre misterioso, la decisión se formó en su mente, audaz y desesperada, era una locura, pero era todo lo que tenía.
"Quiero contratarte", dijo Sofía, su voz firme, sin rastro de la vulnerabilidad que sentía por dentro.
El hombre, Mateo, levantó una ceja, una sonrisa apenas perceptible jugando en sus labios, "¿Contratarme?", repitió, su tono era divertido, como si ella acabara de contarle un chiste.
"Sí", insistió Sofía, ignorando su actitud, "necesito un prometido, alguien que me acompañe a eventos, que finja estar enamorado de mí, que me ayude a vengarme".
"Un acuerdo de patrocinio, por así decirlo", explicó ella con frialdad, "te pagaré bien, muy bien, solo tienes que seguir mis instrucciones y actuar tu papel".
Mateo se reclinó en su asiento, cruzando los brazos sobre el pecho, la diversión en sus ojos fue reemplazada por una curiosidad genuina, "¿Y por qué yo?", preguntó, "¿Qué te hace pensar que soy el hombre adecuado para este... trabajo?".
"Porque eres un gigoló, ¿no?", replicó Sofía sin rodeos, "eso es lo que haces, vendes tu tiempo y tu compañía, yo solo te estoy ofreciendo un contrato a más largo plazo".
Mateo no se inmutó, su sonrisa se ensanchó un poco, revelando unos dientes perfectos, "Una propuesta interesante", admitió, "¿Y cuánto tiempo necesitarías de mis servicios, señorita...?".
"Sofía", completó ella, "y sobre el tiempo... el necesario para recuperar lo que es mío y destruir a quienes me traicionaron".





