Amor Prohibido: Mi Tío Secreto

Desde que mis padres murieron en ese accidente de coche, mi vida se convirtió en un borrador de lo que debía ser, una existencia prestada en la casa de mi tía, la hermana de mi madre, y su esposo, Alejandro.

Mi tía siempre fue amable, pero distante, sumergida en su propio mundo de eventos sociales y obras de caridad, dejándome al cuidado de Alejandro.

Él no era mi padre, pero llenó ese vacío con una presencia abrumadora.

Era un hombre mayor, con canas que apenas se notaban en sus sienes y una sonrisa que podía desarmar a cualquiera, era carismático, seguro de sí mismo y, para mi joven e impresionable corazón, era el centro del universo.

Crecí bajo su mirada, buscando su aprobación en cada boleta de calificaciones, en cada pequeño logro.

Él me enseñaba a conducir, me ayudaba con las matemáticas y escuchaba mis problemas adolescentes con una paciencia que mi tía nunca tuvo.

Pero en algún punto del camino, mi admiración infantil se transformó en algo más profundo, un amor secreto y prohibido que me quemaba por dentro.

La noche de su cumpleaños número cuarenta y cinco, la casa estaba llena de gente importante, risas falsas y el tintineo de copas de champán.

Yo me sentía invisible entre los invitados de mi tía, hasta que sus ojos se encontraron con los míos desde el otro lado del salón.

Me hizo una seña para que me acercara.

"¿Te estás divirtiendo, Sofía?"

Su voz era un murmullo grave y cálido, solo para mí.

Negué con la cabeza.

"No mucho", confesé. "Es demasiada gente."

Él sonrió, una sonrisa genuina, no la que usaba para sus socios de negocios.

"A mí tampoco me encanta", dijo, inclinándose un poco. "Ven, escapemos un momento."

Me guio por un pasillo hasta su estudio, un santuario de cuero y madera oscura que olía a él.

Cerró la puerta, y el ruido de la fiesta se convirtió en un zumbido lejano.

"Tenía algo para ti", le dije, mi voz temblando ligeramente mientras le entregaba una pequeña caja.

Era un reloj de bolsillo antiguo que había comprado con mis ahorros.

Él lo abrió, sus dedos rozando el metal grabado.

"Es hermoso, Sofía", dijo, y por un momento, la forma en que me miró me hizo creer que veía más que a su hijastra.

"Gracias."

Se acercó, su mano subió por mi brazo, enviando una corriente eléctrica por todo mi cuerpo.

"Eres tan buena, tan diferente a todos ellos", susurró, su aliento olía a whisky caro.

Y entonces, en un arrebato de valentía y desesperación, me puse de puntillas y lo besé.

Esperaba que me apartara, que me regañara, pero no lo hizo.

Sus brazos me rodearon, devolviéndome el beso con una intensidad que me robó el aliento.

Fue torpe, desesperado y todo lo que había soñado.

Cuando nos separamos, apoyó su frente contra la mía.

"Sofía...", murmuró, como si mi nombre fuera una pregunta y una respuesta al mismo tiempo. "Esto no debería pasar."

"Pero está pasando", respondí, aferrándome a la esperanza.

"Tú y yo...", comenzó, pero no terminó la frase, dejándola suspendida en el aire, una promesa vaga y peligrosa que mi corazón interpretó como un juramento.

Esa noche, me llevó a mi habitación y se quedó hasta que me dormí, sosteniendo mi mano.

Me sentí la mujer más feliz del mundo, convencida de que nuestro amor, aunque prohibido, era real.

La mañana siguiente, la casa estaba en silencio.

Mi tía se había ido a un retiro de fin de semana.

Bajé las escaleras esperando encontrar a Alejandro, esperando continuar donde lo habíamos dejado.

Lo encontré en la cocina, hablando por teléfono en voz baja.

No me vio entrar.

"Sí, Marco, funcionó a la perfección", decía, con un tono divertido que me heló la sangre. "Isabella se enteró de inmediato, la tía se aseguró de eso."

Hizo una pausa, escuchando.

"¿La chica? Por favor, es solo una niña ingenua, se cree todo lo que le digo", se rio, y esa risa fue como un golpe en el estómago. "Era necesario, Isabella necesitaba un buen susto para darse cuenta de lo que perdió, ya está rogando por volver."

Mi mundo se detuvo.

Cada palabra era una pieza de un rompecabezas horrible que no quería armar.

La seducción, la noche de su cumpleaños, sus palabras... todo había sido una farsa.

Una herramienta.

Yo era la herramienta para recuperar a su antiguo amor, Isabella.

Me quedé paralizada detrás de la puerta, escuchando cómo se burlaba de mi ingenuidad con su mejor amigo.

El dolor fue tan agudo que por un momento dejé de respirar.

Cuando colgó, entré en la cocina, fingiendo que no había oído nada.

Él me sonrió, la misma sonrisa encantadora de siempre, y mi estómago se revolvió.

"Buenos días, dormilona."

Se acercó y me tendió un sobre blanco.

"Toma", dijo casualmente. "Para que te compres algo bonito, te lo mereces."

Lo abrí con dedos temblorosos.

Dentro había un fajo de billetes grandes, una cantidad de dinero que nunca había tenido en mis manos.

No era un regalo de amor, era un pago.

Una compensación por mis servicios.

Una forma de cerrar el trato y asegurarse de que entendiera mi lugar.

Sentí una oleada de rabia y humillación tan intensa que quise gritarle, abofetearlo, tirarle el dinero a la cara.

Pero una extraña calma se apoderó de mí.

Levanté la vista y le sonreí, una sonrisa vacía que no llegó a mis ojos.

"Gracias, Alejandro", dije, mi voz sonando sorprendentemente firme. "Eres muy generoso."

Su expresión se relajó, claramente aliviado por mi aparente aceptación.

No tenía idea de que en ese instante, la niña ingenua que él creía conocer había muerto.

En su lugar, nació algo nuevo, algo frío y decidido.

Durante el resto del día, me comporté con una normalidad escalofriante.

Hablé con él, comí con él, incluso vi una película a su lado en el sofá, como si nada hubiera pasado.

Pero por dentro, mi mente trabajaba a toda velocidad, trazando un plan.

Él notó mi silencio, mi quietud.

"¿Estás bien, Sofía? Estás muy callada hoy", preguntó en un momento, frunciendo el ceño.

"Solo estoy cansada", respondí, encogiéndome de hombros. "La fiesta de anoche fue mucho para mí."

Él pareció aceptarlo, volviendo su atención a la pantalla.

Pero yo ya no estaba allí.

Estaba a kilómetros de distancia, en un futuro donde él no existía.

Un futuro que yo misma iba a construir sobre las cenizas de la humillación que él me había hecho sentir.

La venganza no era suficiente.

Necesitaba desaparecer.

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