La semana siguiente fue un infierno silencioso.
Mi existencia se redujo a un conjunto de tareas. Cocinar, limpiar, lavar su ropa para el viaje a España.
Un viaje del que yo no formaba parte.
Nadie mencionó los boletos. Nadie me miró a los ojos. Actuaban como si yo fuera invisible, un fantasma que se movía por la casa.
El miércoles, preparé mole, el plato favorito de Tiago. Lo serví con cuidado, esperando una sonrisa, una palabra de agradecimiento.
Tiago arrugó la nariz.
"Hueles a salsa y a cebolla, abuela."
Su voz infantil era aguda y cortante.
"La tía Sofía siempre huele a perfume caro. Como a flores."
Mateo y Camila se rieron. Javier ni siquiera levantó la vista de su periódico.
Me retiré a la cocina, con las manos temblando. Miré mis dedos, ásperos y manchados por años de picar chiles y amasar masa.
¿Para esto había servido todo? ¿Para que mi propio nieto me despreciara por el olor de mi trabajo, de mi amor?
El viernes, mi hermana Sofía llamó.
"¡Hermanita! ¿Adivina qué? ¡Me dieron un papel con diálogo en la telenovela!"
La casa estalló en celebraciones. Javier abrió una botella de vino. Mateo la abrazó, levantándola del suelo.
"¡Hay que celebrar!" gritó Javier. "¡Vamos a ese restaurante nuevo en Polanco!"
Se vistieron rápidamente. Sofía con un vestido brillante, Camila con tacones altos, Mateo con su mejor camisa.
Me quedé en la puerta de la cocina, con mi delantal puesto.
"Isabela, ¿puedes cuidar la casa? Volveremos tarde," dijo Javier, como si fuera una orden.
Sofía me miró con una sonrisa falsa.
"Ay, hermanita, no te pongas celosa. Tú no disfrutas de estas cosas. Prefieres quedarte en casa, ¿verdad?"
Se fueron. La puerta se cerró, dejándome sola en el silencio.
Miré mi reflejo en la ventana oscura. Una mujer cansada, con el pelo recogido y un delantal manchado.
Ya no sabía quién era.
Solo sabía que era la mujer que se quedaba atrás. Siempre.





