Amor Inesperado en el Coma

El olor a antiséptico y a flores marchitas llenaba el aire del hospital. Para mí, Armando Robles, chef de profesión y esposo de Sofía Mendoza por conveniencia, ese olor se había convertido en la banda sonora de mi vida.

Llevaba tres días sentado en este sillón incómodo, mirando el rostro pálido de mi esposa. Sofía, la reina de la moda, la mujer conocida en todo México por su semblante de hielo y su mente calculadora, yacía inmóvil, conectada a un concierto de máquinas que pitaban con una monotonía desesperante.

Un accidente de auto. Eso fue lo que dijeron. Misterioso, inexplicable. Su auto de lujo, destrozado en una carretera solitaria. Ella, en coma.

Doña Elena, mi suegra, me había mirado con esos ojos que juzgaban mi alma y me había dicho:

"Armando, ahora eres el hombre de la casa. Cuida de mi hija. Cuida de su legado."

El legado. Mendoza Corp. El imperio que Sofía había construido sobre las cenizas de la empresa de su padre. Yo no era más que una pieza en ese tablero, el "esposo sustituto" que ocupó el lugar de mi hermano, el verdadero prometido de Sofía, después de que él desapareciera sin dejar rastro. Nuestro matrimonio fue un contrato, un acuerdo para mantener las apariencias y las acciones de la empresa estables. Amor nunca hubo en la ecuación.

El doctor García entró en la habitación, su cara era una mezcla de lástima y profesionalismo.

"Señor Robles, no hay cambios. Sus signos vitales son estables, pero no responde a ningún estímulo. Es como si... estuviera en su propio mundo."

Asentí, agotado. El doctor se fue y me quedé solo de nuevo con el silencio y los pitidos. Me acerqué a la cama, un impulso extraño me llevó a tomar su mano. Estaba fría, delicada. Una mano que nunca me había tocado con cariño.

Y entonces, sucedió.

En el momento en que mi piel tocó la suya, una voz clara, brillante y completamente inesperada resonó en mi cabeza.

"¡No manches! ¡Qué ganas de unos tacos al pastor con todo! ¡Con su piña, su cilantro, su cebollita y una salsa que pique hasta el alma! Este güey nomás me trae flores, ¿cree que soy un florero o qué?"

Solté su mano como si me hubiera quemado. Miré a mi alrededor. La habitación estaba vacía. No había nadie. Volví a mirar a Sofía. Su rostro seguía sereno, inexpresivo.

¿Me estaba volviendo loco? ¿El estrés, la falta de sueño?

Con el corazón latiéndome a mil por hora, volví a tomar su mano, con miedo.

"¡Órale! ¡Ya regresó el contacto! A ver, a ver... Armando, mi 'esposito' querido. Tienes cara de que no has dormido en días. Y esa barba de náufrago no te queda, pareces el primo pobre de un pirata. Deberías ir a comer algo, pero algo bueno, no la porquería del hospital. Un pozole, o mejor, ¡los tacos que te dije! Y tráeme unos a mí, aunque sea para olerlos, ¿no?"

Era ella. No había duda. Esa voz era... vivaz, llena de antojos, con un humor ácido y popular que jamás, en nuestros cinco años de matrimonio, le había escuchado. La Sofía que yo conocía hablaba con frases cortas y precisas, bebía vino caro y despreciaba la comida callejera como si fuera veneno.

Esta Sofía en mi cabeza quería tacos al pastor y se burlaba de mi barba.

Me quedé paralizado, sosteniendo su mano. Una mezcla de terror y una fascinación morbosa me invadió. ¿Qué era esto? ¿Un efecto secundario del coma? ¿O siempre había sido así, escondida detrás de esa máscara de perfección?

Movido por un impulso que no entendía, le susurré al oído:

"¿Tacos al pastor?"

La voz en mi cabeza gritó de emoción.

"¡Sí! ¡Sí! ¡Con todo, te digo! ¡Y una Coca bien fría! ¡Este hombre por fin está entendiendo! ¡Punto para el chef!"

Me puse de pie, sintiéndome el hombre más estúpido del mundo. Estaba hablando con mi esposa en coma sobre tacos. Salí de la habitación y casi choco con una enfermera.

"Señor, ¿se encuentra bien?"

"Sí, yo... voy por... aire."

Caminé por el pasillo del hospital como un autómata. Mi vida, que yo creía perfecta y controlada, se acababa de romper en mil pedazos. Yo era Armando Robles, el chef con restaurantes exitosos, el esposo trofeo de la gran Sofía Mendoza. Un hombre superficial, sí, lo admito, enfocado en mi carrera y en mantener mi imagen.

Pero ahora... ahora era el único que podía escuchar a mi esposa. Y mi esposa, al parecer, era una parlanchina con antojos y un sentido del humor muy particular.

Regresé a la habitación. Volví a tomar su mano. La voz estaba ahí, ahora canturreando una canción de Chalino Sánchez.

"Nieves de enero... llegando a la puerta... ¡Ay, qué corridón! Si me despierto, lo primero que hago es ir a un palenque. Armando seguro se infarta."

Me senté en el sillón, derrotado. ¿Qué significaba esto? ¿Era un don o una maldición? Por primera vez en años, sentí una curiosidad genuina por la mujer que yacía en esa cama. ¿Quién era realmente Sofía Mendoza? Y más importante aún, ¿qué demonios iba a hacer yo con esta nueva y extraña conexión? La respuesta, por ahora, estaba tan lejos como la conciencia de mi esposa.

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