Amor entretejido en falsas ilusiones

Alfonso Artiaga sintió deseos de ir a la fábrica, buscar a Ceilán, conversar con ella; pero, cómo justificaría su presencia sin poner en evidencia los celos que tanto dañaban su alma enamorada. Al fin, dispuso calmadamente esperar a que llegara a la casa. Total, a la marea caída, esperan los buzos. Sonó el timbre del teléfono de la antesala y él fue a descolgarlo.

—¡Aló…! —habló en tono tenue.

—Amor, soy yo, recuerda, voy a llegar a la casa fuera de hora.

—¡Ya sé, ya sé! ¡Disfruta, amor! ¡Mereces divertirte! —Suspiró profundo.

—Tú sabes que siempre he mantenido una conducta acorde a estos tiempos, para que la vida escude los pecados y no se terminé nuestro matrimonio. No quiero celos. Es una fiesta entre amigos. Hay mucho respeto y seriedad.

—¡Déjate de boberías! —se golpeó el muslo derecho con la mano para mantener la calma—. ¡El respeto y la seriedad no está penalizado! A pesar de todo, tú siempre has sido para mí una mujer digna de respeto…

—Entonces…

La interrumpió.

—¡No lo digas…! —hizo una pausa—. Escucha esto que te voy a decir, y que sale de la profundidad de mi sentir. Quiero vivir contigo el presente sin el pasado. Sombra que el sol iluminó para que el camino de la concordia, no sea un sueño y sufra mi corazón. Ten presente que es un amor para no humillar. No importa que des larga para darme delicias. Te tengo aquí, en está mente que no te ha apartado un solo instante de este querer.

—Oye, tú no dejas de simular que me quieres. Esa manera tuya de expresarte con tantos sentimientos aviva mi amor hacia ti. Bueno, chao…

Ella se acercó a una especie de aparador sin puerta, prensado con la pared, al fondo de la oficina. Caminó despaciosamente hasta acercarse a un hombre de pelo canoso, se sentó a su lado. Se escuchaba una música romántica, de esa música que anima el coqueteo. Sobre una mesita había dos vasos con ron, y la botella que tenía de ese líquido. Él acariciaba sus mejillas. A pesar de ser una noche invernal el calor que cubría la oficina, hizo que Ceilán desistiera de las caricias de su amante para salir al patio; el cielo estaba tan estrellado que incitaba a un romance, a un encarnamiento en la propia vida. Él sorbió de un trago el ron de un vaso que tenía en su mano. Poco después estaban sentados en una pieza circular de mármol. De inmediato apareció el esperado beso en una estrecha unión de labios Ella acarició la nuca de su amante con mano erudita, mientras se besaban. Él se separó para aducirle en un tono bajo.

—¡Créeme, por favor! Mi voluntad es decirte que estoy feliz a tu lado, que me hace soñar…

—No te preocupes, amor mío. Cuando hay pasión y amor se sueña. Hay que soñar para expresar la realidad, el gusto y el placer. Es eso lo que querías escuchar de ti —besó su frente.

—Tu marido es una muralla entre nosotros dos. A veces me dan deseos de cerrarle el camino para que ...

—Y tu mujer es una piedra atravesada en mi mente. Es como si estuviera martillándome en lo más profundo de mi vida.

—Razonas bien —le dijo Fernando con voz desalentada—. Evita que tus palabras se congelen y se precipiten en lluvias de ofensas. Eso trae desamor.

—Entonces, no comprendo —ella se mostró confundida.

—Son coincidencias que existen entre dos que se adoran —alegó él en busca de justificaciones. —Aprietame con todas tus fuerzas —manifestó Ceilán con su cuerpo aculebrado encima de él—. Quiero sentirme ahogada por el fuego de tu abrazador cuerpo. Es el momento de saborear el dulce saliente que cubre este amor encarnado en nuestros corazones —exclamó—. ¡Dios me perdone si estoy falseando!

Se abrazaron y se hundieron en un nuevo te quiero, se funsionaron entre sí hasta nunca acabar. Sus mentes volaban sin rumbo, animada por la brisa de una pasión, como el aroma de las flores absorbida en lo más profundo del alma. Si dos personas realmente quieren estar juntas lo estarán, no importan las condiciones. No importan los obstáculos, los años, sin hacer ver la pureza de ese amor. Cuando hay amor y voluntad todo es posible.

—Permiso —el sobresalto no melló la voz seductora de una joven que irrumpió en un momento de fuego amoroso entre ellos. Ceilán y él quedaron inmóvil, sorprendidos. La joven apretó los labios y clavó en ellos las lucecitas que desprendían sus pupilas. Allí estaba él, al lado de ella. Fernando al verla, apartó a Ceilán y se levantó, y fue hasta donde estaba Nadia. No exteriorizó el miedo; pero lo acusaba su palidez. Con voz algo temblorosa acertó a decirle.

—Adelante, Nadia. No te detengas.

—Disculpen, no fue mi intención. Pensé que tú estabas desocupado. Más tarde hablaremos. Fernando hizo varios ademanes con las manos, donde visiblemente se notaba su nerviosismo. —¡No puedes irte, de ninguna manera! —la tomó de la mano y la sentó en un espacio vacío en la pieza circular de mármol.

Ceilán la miró con cierto recelo.

—¿Y qué tú haces aquí? —le expresó insolentemente—. Bien sabías que Fernando estaba conmigo. Viniste a poner fin a este verdadero amor porque hay cariño y encarnación en el alma.

Nadia contestó con voz flemática, manteniendo su aplomo.

—Sabía que estaba aquí, pero no contigo. Nosotros mantenemos muy buena amistad, ¿verdad? —miró a Fernando en busca de reafirmación de sus palabras.

Fernando calmó el miedo.

—No existen motivos —contempló a Nadia con desaliento— para que hagas esa pregunta torpe; además, estamos en una fiesta donde el disfrute es para todos.

Nadia se volvió hacia Ceilán sonriendo.

—Mira Ceilán, no tengo ningún interés en Fernando. Tú no tienes razón para que te comportes de esa manera.

Ceilán tenía la cabeza caliente, suspiró, apenas acertaba el pensamiento y de forma brusca miró hacia una larga hilera de ventanas hacia la izquierda en la altura de la fábrica, de estás solo las dos últimas eran de algunas utilidad, pues las otras estaban bloqueadas. Fernando la atisbaba desde su lado, donde se encontraban a veces envueltos por un puñado de estrellas, que centelleaban sobre sus cuerpos, y luego de una pausa, dijo.

—¡Has de irte ahora mismo! No quiero oír… de nadie… —Ceilán no pudo contener sus impulsos anímicos.

Nadia suspiró, miró a Ceilán de costado.

—Muy bien —se puso en pie tan veloz como un relámpago—, si es de tu agrado —caminó hasta desaparecer.

Fernando comentó con jovialidad.

—Ceilán, eres tan tierna como la luna, nadie nos podrá separar —respiró profundo—. Quiero estar siempre a tu lado, en cada momento de mi vida. Eres como la mariposa que vuela, te posa en mi alma y sorbe el cariño que se filtra.

Mientras él hablaba, recibía las caricias de la ya calmada Ceilán, continuó.

—Amor, no sé si podré olvidar este momento de tanta felicidad —sonrió y luego besó sus mejillas.

Ceilán cerró los ojos, echó la cabeza hacia atrás apoyándola en su pecho y, suavemente le expresó a manera de reconciliación.

—Te pido disculpa por lo sucedido, la bebida alteró un poco mi conducta. Espero que me entiendas, estoy enamorada de ti y cualquier cosa me molesta.

Él la arrimó ardientemente a su cuerpo, besó su frente. Replicó con un acento dócil al oído de Ceilán.

—En respuesta a tu disculpa, te beso, te aprieto, acaricio todo tu cuerpo.

—La calentura de este amor ha hecho perder el compás del tiempo. Creo que ya es tarde.

—Tienes razón. No podemos violar las exigencias de este amor. Hay que evitar que sucedan cuestiones que obstaculicen el acorde amoroso.

Salieron de la fábrica, la mano de ella se apoyó en el brazo de él como cosa que a través del tiempo deseaba. Al llegar al jardín de la casa, ella se detuvo por un instante y pudo fijarse que adentro había luces encendidas que iluminaban las ventanas. Siguió caminando cogida por el brazo de su galán, frente a la puerta hubo un fuerte abrazo.

Fernando le advirtió.

—Cuando entres a la casa —se separaron— no debes agriar a Alfonso. Tú no tienes razón para contradecirlo.

Ceilán no contestó. Después de un beso al espacio por parte de ella, Fernando se retiró

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