Amor En Los Últimos 30 Días.

Isabella Rossi y Martín Giménez llevaban tres años casados.

Un matrimonio arreglado.

La prestigiosa bodega Rossi necesitaba limpiar su imagen tras un escándalo.

La finca de olivos de los Giménez, una familia tradicional venida a menos, necesitaba un rescate financiero urgente.

Sus mundos, Mendoza y sus viñedos para ella, los olivares polvorientos para él, se unieron por conveniencia, no por amor.

Su relación era un infierno helado.

Isabella despreciaba a Martín.

Lo veía como un obstáculo, un recordatorio constante de las presiones familiares que la ahogaban.

Él era el carcelero de su jaula dorada.

Martín, por su parte, soportaba la crueldad de Isabella con una máscara de indiferencia.

La amaba en secreto desde que eran niños, un amor no correspondido que se había vuelto una herida crónica.

Esa noche, la fiesta anual de la vendimia de la bodega Rossi estaba en pleno apogeo.

Música, risas y el aroma del vino nuevo llenaban el aire.

Isabella, deslumbrante con un vestido rojo sangre, era el centro de atención.

Coqueteaba abiertamente con un joven empresario porteño, sus risas resonando con una alegría fingida.

Martín la observaba desde un rincón, con una copa de Malbec en la mano.

Su rostro, habitualmente pálido, parecía aún más demacrado bajo las luces brillantes.

Isabella lo vio.

Una sonrisa de desdén se dibujó en sus labios.

Se acercó a él, arrastrando a su acompañante del brazo.

"Martín, querido," dijo con una dulzura venenosa. "¿No nos presentas?"

Martín la miró fijamente.

"Ya lo conoces," respondió él, su voz apenas un susurro. "Estuvo en nuestra boda."

Isabella soltó una carcajada.

"Ah, sí. Tantos rostros, tan poca memoria."

Más tarde, la tensión explotó.

Isabella había estado bailando provocadoramente, pasando de un hombre a otro.

Martín se acercó, su paciencia agotada.

Le ofreció una copa de vino.

"Esposa," dijo, su voz sonando más firme de lo que se sentía.

La palabra golpeó a Isabella como una bofetada.

Se giró hacia él, sus ojos echando chispas.

"No me llames así en público, Martín. Sabes que lo detesto."

"Pero es lo que eres," replicó él, manteniendo la calma. "Isabella Rossi de Giménez."

Ella tomó la copa y, con un movimiento deliberado, derramó el vino sobre la impecable camisa blanca de él.

"Quizás no por mucho tiempo," siseó, antes de darle la espalda y alejarse, dejando a Martín solo, humillado, con la mancha roja extendiéndose sobre su pecho como una herida abierta.

El murmullo de los invitados los rodeó.

Martín bajó la mirada, apretó los puños y se retiró discretamente de la fiesta.

Su corazón era un nudo de dolor y resignación.

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