Alpha Ikender

  «Ellos existen, pero solo quienes poseen un corazón puro, pueden verlos»

Llegué a pensar que teníamos un ángel guardián. Mamá antes de morir, solía decirme que los ángeles y hadas existían, inclusive que había una especie de hada llamada Limberems, estás pequeñas cuidaban de ti y por las noches retiraban de tu cuerpo cualquier rastro de maldad y cansancio.

En muchas ocasiones me quedaba en vela  en busca de esas creaturas, y en el fondo, deseaba que fuesen reales. Pensar en esa fantasía mantenía mi mente distraída de mi dolor. Había la suficiente ansiedad en mi sistema como para romperme, como para entrar a un punto sin retorno en mi mente, quizás la locura era mi única salida, y me aterraba que fuese así, libertad, olvidé como se sentía, olvidé como es que las gotas de lluvia recorrieran tu cuerpo, olvidé la sensación de que el sol bronceara tu piel por no usar bloqueador, deseaba sentir algo más que encierro, algo más que desesperación y agonía.

A veces me preguntaba si algún día me dejarían ir, ellos algún día envejecerían, enfermarían y serían débiles, ¿entonces, ¿Llegaría a ser libre? Tantas ocasiones fallidas de escape, tantos horribles castigos que mi cuerpo terminaba no soportando, estaba tan acostumbrada al dolor, pero tan ajena a el.   Sabía que tenía que abrir los ojos, sabía que debía despertar de mi mundo interior en donde nadie podía dañarme.

La luz del día entraba por la pequeña ventana. 

Estaba sobre mi única superficie de descanso, un viejo colchón, una sábana fría cubría mi cuerpo desnudo y magullado, me incorporé con cuidado haciendo puños mis manos. Respiré profundo aguantando un sollozo atorado en lo profundo de mi ser. Mi pierna derecha dolía más que la izquierda, líneas rojizas que pronto se volvería violeta envolvían mis muñecas.  Gemí de dolor al querer tocar una de las quemaduras que dejó la colilla de cigarrillo alrededor de mi clavícula. Pensé que está vez sería distinto, pensé que el señor Vögel cuidaría de mí, cuidaría lo que ese hombre robusto siempre provocaba en mi cuerpo. Pero no fue así, lo habían vuelto a hacer, las veces que quisieron cada uno, estaba realmente  cansada, no sabía cuánto más podría resistir. Me arrastré hasta la esquina de la cama, me apoyé en ella usando todas mis fuerzas para llegar al baño. Abrí la regadera haciendo que el agua fría recorriera mi cuerpo, pocas veces él me dejaba bañarme con agua caliente, pocas veces sentía calor.  Limpié mi piel  tratando de no tocar las heridas y hematomas. Cerré mis ojos cuando vi pequeños rastros de sangre escurrirse entre mis piernas.

Los cardenales dolerían, había agotado la única pomada que Rixton me regaló en mi cumpleaños número dieciocho. Cepillé mi cabello lo mejor que pude, el largo me molestaba, antes gozaba de brillo y fuerza, ahora la Malena estaba ceniza, sin vida, débil.  Me coloqué un vestido gris, la mayoría eran cortos, lo único diferente en este es que tenía mangas hasta los codos. Andaba descalza, tenía solo un par de zapatos, pero a veces prefería no usarlos para evitar desgastarlos, principalmente en verano. Ya que en invierno el piso era muy frío, y ellos eran mi único soporte.

–¡Eider!— Me sobresalté un instante, los gritos de él me estremecen  hasta lo más profund. Bajo con cuidado las escaleras, sintiéndome demasiado adolorida como para apresurarme.

No hay rastro de sus amigos, ellos se han ido lo cual me permite respirar con tranquilidad, aunque cada que lo hago mi costado duele. Él me ve de pies a cabeza, frunce el ceño.

—Haz tus tareas, saldré a la cuidad, estaré de vuelta al anochecer, así que más vale no intentes algo, o ya sabes cuál será el castigo— acaricia mi mejilla y por instinto suelto una mueca de dolor.

—Le diré a Douglas que ya no puede marcarte de esta forma, ¿cuántas bofetadas te dio anoche? Y empieza a molestarme que te queme con sus cigarrillos. Tu dolor debe ser mío solamente — su dedo índice hace un pequeño camino por la zona afectada. —Puedes comer una manzana princesa. Necesitas reponer fuerzas— Asentí.

—Se lo agradezco mucho señor— el hombre de cabellos castaños toma sus llaves saliendo de la habitación, encerrándome.  Aunque deseara escapar no puedo hacerlo, todo está completamente bien asegurado. Ya han sido muchos intentos.

«Papá, ¿por qué me vendiste»

Caigo de rodillas llorando en el piso. Si él necesitaba dinero, pude haber trabajado, pude haberlo apoyado de alguna forma. ¿Pero esto?

Poco a poco dejo la casa limpia, recogiendo el desastre que dejaron ayer, botellas de cerveza, colillas de cigarrillos y algunos narcóticos. Al terminar tomo mi pequeña recompensa. Una manzana verde pequeña. Doy pequeños mordiscos y bebo agua con cada uno, de esta forma me siento un poco más llena. Me acurruco en el sillón tratando de descansar solo un poco. Sin embargo los recuerdos, son como navajas dañando mi piel una y otra vez.

—No puedo, no puedo—. No sé cuánto tiempo más pueda resistir.

Una sensación de ahogo llena mi pecho, la desesperación recorre mi sangre. Lo pienso, quiero lanzar lejos la idea pero se resiste a quedarse allí. Rixton siempre carga con las llaves, una pequeña última oportunidad, un último aliento, un último intento. Si fallo, espero que el castigo sea tan grande que arrebate el alma de mi cuerpo. Pasan las horas y con ello el sol se oculta. Las manos me tiemblan y una intensa taquicardia amenaza mi pecho.

Él regresó, lo sé por el sonido que hacen las llaves al mover los engranes de la enorme puerta de metal.  Me oculto detrás de ella, mi cuerpo pequeño me ayuda, tomo el único jarrón que hay en toda la casa, lo tuve que sacar de su habitación, un florero de cerámica pesada con pinturas en el.  Cierro mis ojos y respiro en un intento de controlar los nervios que me carcomen en este instante. La puerta emite un chirrido cuando es abierta, el olor a alcohol y perfume llega a mis fosas nasales. 

—Eider, volví —no es hasta que dice esas palabras que me armo de valor y salgo de mi escondite estrellando el jarrón en su cabeza antes de que vuelva a cerrar la puerta. Rixton cae quejándose al suelo, un jadeo nervioso abandona mi garganta al precipitarme tomando las llaves del suelo. Giro sobre mis talones tomando impulso. No sé cómo lo hago, no sé cómo muevo mi cuerpo para cerrar la enorme puerta y cerrar por fuera. Sí él sale, va a alcanzarme. 

Un sollozo sale de mi garganta, obligo a mis piernas a correr lo más rápido que puedo. Estoy saliendo por la barda de enfrente cuando lo veo golpear intensamente una de las ventanas, sus fosas nasales se abren, sus ojos destellan ira.

—¡Eider!— Grita golpeando la ventana. Una sensación de alivio me recorre. Con lágrimas en los ojos le respondo una última vez.  —No volveré—mi grito se pierde entre la oscuridad. Paso árboles, ramas, no me detendré, no ahora que estoy tan cerca de la libertad, no ahora que puedo respirar tranquila, no ahora, no ahora.

Algunas ramas y piedras cortan mis pies pero no me detengo, acelero lo más que puedo. Nunca había salido de la casa, no se exactamente cuánto llevo corriendo lo único que sé es que jamás volveré.  Mis pulmones arden y mi cuerpo me grita que me detenga.

Tomo aire solo un instante para seguir mi carrera hacía la libertad, la única vez que recuerdo el exterior fue cuando papá me traía en su coche.

Un bosque.

Hay un enorme bosque.

Paso tanto corriendo,  el bosque no termina, no encuentro una calle, no encuentro nada más que lodo, árboles, rocas y ramas. La oscuridad no me deja ver bien y sin quererlo tropiezo, mi cuerpo rueda por una loma, hago esfuerzo por detenerme clavando mis uñas en la tierra,  chillo, me quejo, lloro cuando siento algo enterrarse a un costado de mi abdomen y por fin me detengo. Toso sacando un poco de lodo. Respiro rápidamente tratando de que el aire llegue a mis pulmones, ardor, siento mucho ardor, veo la luna cubriéndose con las nubes, y exactamente ahí, cierro mis ojos.

─────❀◦❀◦❀─────

Escucho algo, es ligero, tenue, escucho un canto y un aleteo constante. Abro mis ojos pesadamente, los rayos del sol me pegan directo, giro mi cabello tratando de evitarlos. Un pequeño pajarito canta a lado de mí, es muy lindo, azul con tonos amarillos y verdes.

—Hola— medio sonrío, veo a mi alrededor el bosque es lindo cuando la oscuridad no lo cubre. Me duele el cuerpo, aún más que ayer. Trago saliva cuando veo mi costado. Hay un pedazo de rama incrustado ahí. Mi vestido está manchado de barro, sangre y humedad.  No sé que hacer, no sé que hacer.

—Creo que debo quitarlo— tengo que quitarlo. Raspa en mi interior con cada movimiento. Al estar de pie respiro profundo y con la poca fuerza de voluntad que me queda,  con un fuerte tirón saco el trozo de rama. Un grito sale de mi garganta al igual que el llanto. Con la palma de mi mano cubro la herida la cuál a empezado a sangrar sin parar. Necesito ayuda.

El pajarito sigue conmigo pero se aleja un poco, parece ser que quiere que lo siga, frunzo el ceño y me dejo guiar por él. Conforme pasan los minutos mis piernas se empiezan a entumecer, el viento frío parece quemar mi piel. Las gotas de sudor bajan por mi frente, no me siento bien, recuperar oxígeno y calor se ha vuelto una tarea costosa.

—¿Vías?

Frente a mí aparece un carril, el pajarito que antes me ayudó a salir del bosque vuela, se pierde de mi campo de visión. Levanto la palma de mi mano, está cubierta por mi sangre. Siento frío, siento tristeza, y a la vez, me siento libre. Camino entre las vías tratando de encontrar su final, o al menos un pueblo, una casa, alguien. Mis pies sangran, perdí los únicos zapatos en mi huida y ya no puedo más. Es como si mi cuerpo estuviese dando su último esfuerzo.  Escucho el pitido característico de un tren, de un tren. Me giro lentamente encontrándolo, a toda velocidad, hacía mí.

Quizá mi destino era huir, para morir en paz, para morir siendo libre.

Quizás debía terminar así, quizás era mi destino.

Toqué con las puntas de mis dedos la tierra, respiré el aire fresco con mi nariz. El viento me acarició suavemente, los rayos del sol calentaron un poco mi frío cuerpo. Me sentí viva por un momento. Me sentí en paz.

—Mamá terminó—susurré derrotada, todas mis esperanzas, todas mis fuerzas de luchar día con día, semana, mes, y año, terminaron. Se escaparon como humo  en la nada. . Mi corazón estaba desecho, el alma destruida pero por lo menos lo había logrado.

El tren estaba a segundos de impactar conmigo. No volvería a sentir dolor. Esto se acabó…

Espero les haya gustado el capítulo. No olviden darle amor y comentar

¡Gracias por leer!

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