Alma Pura, Corazón Roto

El olor a cuero nuevo y a heno fresco llenaba el aire de mis establos, un aroma que siempre me había traído paz. Era el perfume de mi herencia, del legado de los Vargas.

Pero esa paz se rompió con el sonido de una notificación de Instagram.

Era una foto. Mateo Rojas, el asistente de mi novia Sofía, posaba sonriente junto a un imponente caballo frisón negro. El caballo que yo había esperado durante meses, importado directamente desde Holanda. Mi caballo.

El texto debajo de la foto era un golpe directo.

"Qué suerte trabajar para una jefa que sabe cómo recompensar a sus empleados."

Mi mandíbula se tensó. El teléfono casi se me cae de la mano.

Sofía.

Hacía nueve años que estábamos juntos. Dejé mi vida en Buenos Aires, mi futuro asegurado en el club de polo de mi familia, para empezar de cero con ella en Mendoza. Fundamos "Alma Pura" , nuestra bodega. Yo puse el capital, la tierra, mi nombre. Ella puso su talento como enóloga, su alma.

O eso creía yo.

Marqué su número. No respondió.

Llamé a Mateo. Su voz sonaba falsamente sorprendida.

"Álex, ¿qué pasa?"

"¿Dónde conseguiste ese caballo, Mateo?" mi voz era fría, sin emoción.

Hubo un silencio. Pude oír a Sofía de fondo, susurrando algo.

"Fue un regalo de Sofía" , dijo finalmente Mateo. "Lo necesito para recorrer los viñedos, ya sabes, es un terreno muy grande."

"Entiendo" , dije, y colgué.

No había nada más que entender.

Esa noche, cuando Sofía llegó a casa, la esperé en el salón. Dejó su bolso sobre la mesa, evitando mi mirada.

"¿Viste la foto de Mateo?" preguntó, su tono era casual, casi desafiante.

"Vi la foto" , respondí. "Vi a tu asistente con mi caballo."

Ella suspiró, como si yo fuera un niño caprichoso.

"Álex, por favor. Tienes docenas de caballos en tus establos. Caballos de polo que valen una fortuna. ¿De verdad te vas a enfadar por uno solo?"

"No es 'uno solo' , Sofía. Era mi frisón. El que esperaba. El que te conté que era especial para mí."

"Eres un exagerado. Es solo un animal."

La miré fijamente. La mujer que amaba, la mujer por la que había apostado todo, me estaba diciendo que mis pasiones eran una exageración.

"Tienes razón" , dije con una calma que la sorprendió. "Quizás soy un exagerado. Mañana por la mañana, le diré a Mateo que vaya a los establos. Que elija el que quiera. El campeón de Palermo, el semental árabe, cualquiera. Todos son suyos."

La cara de Sofía palideció. Entendió la humillación en mis palabras.

"No te atrevas, Alejandro."

"¿Por qué no? Si no te importa uno, no te importarán los demás. Son solo animales, ¿no?"

Se quedó sin palabras.

Esa noche, no dormimos en la misma cama. A la mañana siguiente, me levanté antes del amanecer. Fui a los establos, necesitaba el aire limpio, el olor familiar.

Y entonces lo vi.

En el box vacío del frisón, colgado de un gancho, estaba el juego de bridas y la montura. Mi montura. La que mi abuelo me regaló, con el escudo de la familia Vargas grabado en plata.

Se la había dado a Mateo. Junto con el caballo.

El aire se me escapó de los pulmones. Esto no era un descuido. No era un simple regalo. Era un mensaje. Una profanación.

Mi teléfono sonó. Era mi padre desde Buenos Aires.

"Alejandro, hijo. ¿Has pensado en lo que te propuse? La familia Torres de Valencia está en Argentina. Su hija, Isabella, es una mujer excepcional. Inteligente, apasionada por los negocios. Sería una buena alianza."

Siempre me había negado a estos arreglos. Creía en el amor, en el "Alma Pura" que había construido con Sofía.

"Papá" , dije, mi voz sonaba extraña, lejana. "Organiza la reunión."

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