Respiré hondo y me apreté el puente de la nariz, así podía controlar la frustración. Oliver y Jonathan discutían a los gritos, de nuevo. A pesar de encontrarse en la habitación contigua los escuchaba como si estuvieran a mi lado.
—Jamás se pondrán de acuerdo en nada —dijo William, sentado frente a mí. Hacía sonar el bajo eléctrico. Repetía las melodías de los temas que tocaríamos esa noche.
—Deberían relajarse —aportó Theo antes de esnifarse una línea de cocaína.
Esa era su píldora de escape. La única forma que tenía para olvidar las miserias de su existencia y así poder darlo todo en el escenario mientras hacía rugir la batería.
Volví a respirar hondo y apreté la mandíbula. Aquello se convertía en una rutina en todos los conciertos. Oliver bebía más de la cuenta y Jonathan lo retaba por irresponsable, William se hacía el desentendido y Theo se drogaba.
Walter, el tecladista y Dj, desaparecía de los alrededores hasta el momento exacto en que debíamos subir al escenario. Nunca sabíamos dónde estaba ni qué hacía, siempre se mantenía alejado. En ocasiones debíamos llamarlo por móvil para que se hiciese presente, en otras llegaba solo. Se materializaba de manera repentina cerca de nosotros como si fuese un fantasma.
Y yo, bueno, yo me encontraba allí, en espera. Como si estuviese en la habitación de un hospital a punto de ser llevado a quirófano para que me sacaran algún órgano inservible. Un mal que debía extirparse para estar bien, sin importar si el proceso sería doloroso.
Tenía los ojos abiertos pero no veía nada, estaba oculto bajo mis cabellos. De esa forma me sentía seguro. Ellos me protegían de toda la porquería que me rodeaba.
—¡Yo-ho-ho piratas! ¡Están preparados para la función!
Observé de reojo a Oliver cuando entró a la habitación donde nos encontrábamos. Tenía el rostro colorado por la embriaguez y los ojos enrojecidos y vidriosos. Su apariencia y sus expresiones infantiles me resultaban deprimentes.
—Hay que llamar a Walter —recordó William sin apartar su atención del bajo eléctrico.
Oliver gruñó por el fastidio, pero igual sacó el móvil del bolsillo de su pantalón para marcar el número de nuestro compañero al tiempo que se acercaba al bar. Bebería su quinto vaso de whiskey antes de subir al escenario.
Vi a Jonathan entrar en la habitación y mirarlo con odio, pero, para tranquilidad de todos, no dijo nada. Solo apoyó sus manos en el respaldo del sofá donde estaba sentado y se inclinó sobre mí para hablarme de forma confidencial.
—¿Estas bien, Liam?
—¿Por qué no debería estarlo?
—Te noto ausente.
Lancé una ojeada hacia Oliver descubriendo que nos veía desde la distancia con dureza mientras hablaba por móvil.
—Siempre estoy ausente.
—Si lo deseas, puedo mover mis influencias para suspender el show.
Jonathan no era nada en la banda, o tal vez, lo era todo. Era mi amigo desde la infancia, estudiamos juntos durante casi toda la preparatoria. Su padre era dueño de una tienda de instrumentos musicales y de una fábrica de guitarras cuya marca comenzaba a ser reconocida en la ciudad. Ese hombre poseía dinero y conocía a mucha gente ligada al mundo del espectáculo que siempre le debían favores, así que se convirtió en nuestro patrocinador un año atrás. Nos usaba para difundir su empresa entre los jóvenes amantes de la música prestándonos sus instrumentos y gestionándonos conciertos. Eso nos ayudó a hacernos notar en el ambiente musical de la región y alcanzar nuestros logros más importantes hasta la fecha.
Jonathan nos acompañaba siempre, era nuestro asistente, guía y protector, y el enlace directo con nuestro patrocinador. Cuidaba de nosotros, de nuestras necesidades y de nuestra seguridad. Gracias a sus gestiones pudimos contactar a unos productores musicales: los hermanos Thomson, quienes quedaron encantados con nuestro trabajo y decidieron convertirse en nuestros managers promocionándonos en las disqueras. El concierto de esta noche era para demostrar nuestro talento a algunos ejecutivos musicales que ellos habían invitado y podrían servirnos de trampolín hacia nuestro anhelado contrato discográfico.
—No suspendas nada —pedí cansado—. Nuestro futuro musical dependerá de lo que logremos hoy.
Aquello lo expresé con firmeza pretendiendo convencerme de mis propias palabras. A pesar de haberlo esperado por años, me costaba sentir emoción por el paso que estábamos a punto de dar. Y me daba la impresión que al resto del grupo le sucedía igual.
Jonathan respiró hondo y se irguió para sentarse en el respaldo del sofá, a mi lado.
—Walter está afuera. Es hora de subir al escenario, señoritas —expresó Oliver al terminar la llamada y dirigiendo una mirada enfadada hacia Jonathan y hacia mí. No comprendía por qué mostraba tanta rabia hacia nosotros.
Los tres habíamos estudiado juntos en la secundaria, Theo también había sido nuestro compañero. En esa época iniciamos la banda tocando covers de temas conocidos en fiestas de amigos o en eventos del colegio. Nos unió la pasión que sentíamos por la música y las influencias musicales que compartíamos.
Durante la última época de la preparatoria me dio por escribir canciones y componer su música con mi guitarra. Al mostrársela a los chicos y ver que les gustaban, me animé a escribir más.
De pronto teníamos cuatro temas propios que resultaron pegadizos para el público y por ellos comenzaron a invitarnos a bodas y festivales locales.
Al salir de la preparatoria llevamos nuestra música a bares y clubes nocturnos e hicimos crecer la banda con otros integrantes, como William y Walter. Al primero lo conocimos gracias al padre de Jonathan, que lo ubicó y lo puso en contacto con nosotros. Había dado clases de bajo eléctrico en su tienda y los fines de semana tocaba para una banda que versionaba éxitos de rock de los ochenta. Era muy bueno, aunque algo despistado y desinteresado. Todo parecía darle igual.
Con Walter no tengo muy claro el motivo por el que había llegado a nosotros, siempre aparecía de la nada. Creo haber escuchado la historia de que Oliver se lo había encontrado en el baño de un bar. Mientras usaban el orinal hablaron de música y minutos después, el hombre, quince años mayor que nosotros, formaba parte del grupo y le daba a nuestros temas un toque electrónico que resultaba atractivo y nos diferenciaba del resto de las bandas emergentes de la zona.
Fue así como obtuvimos una gran popularidad en Kingston que nos llevó a recorrer casi todo Rhode Island. En ese tiempo amplié la lista de temas incluyendo seis más. Con ellos nos mantuvimos activos por un año hasta toparnos con esta oportunidad de oro.
Aún consideraba mi música muy pobre, sentía que podía dar mucho más con la guitarra y con mis letras, pero no había tenido tiempo suficiente para pulirlas. Mi madre se había empeñado en que estudiara Contaduría para que tuviera una carrera de la que pudiera vivir una vez que pasara mi «capricho» por la música, eso me consumió por un tiempo. Pero ella no sabía que había abandonado la universidad para dedicarme a lo que me apasionaba. Llevaba meses sin pisar un aula tratando de perfeccionar mis temas.
Además, Oliver estaba empeñado en sacar nueva música, ya habíamos agotado el tiempo de vida de nuestras diez canciones y necesitábamos carne fresca que ofrecer a las disqueras. Sin embargo, aunque había logrado componer varios temas, ninguno me convencía del todo y eso me hacía sentir frustrado.
La presión de la banda recaía sobre mí. Oliver y Theo me preguntaban a diario por las canciones y William se mostraba molesto cuando escuchaba que no tenía nada concreto entre manos. Walter insistía en que si no renovábamos nuestra música, el público, que ahora nos adoraba, se aburriría y se dejaría seducir por la infinidad de bandas que nos rodeaban. Este mundo era en extremo competitivo.
Toda esa responsabilidad me hacía sentir cansado. Sin ganas para estar sobre un escenario.
—¡Vamos, es hora! —ordenó Oliver luego de recibir el anunció de un asistente del bar, logrando que en esa ocasión todos nos pusiéramos de pie y lo siguiéramos, aunque parecíamos borregos de camino a un matadero.
Antes de salir al escenario, Matt, uno de los hermanos Thomson, nos detuvo para hablarnos de forma confidencial.
—Afuera se encuentra Terry Morgan, director de uno de los programas de radio y televisión con más popularidad en Providence. Busca nuevos talentos musicales para promoverlos en los recitales que organiza. Hagan su mejor show. Él no vino a evaluarlos solo a ustedes, sino también, a los chicos de Destroyer. No se dejen arrancar esta oportunidad.
Destroyer era una banda de punk rock que se había convertido en nuestra rival. Llevaban aproximadamente el mismo tiempo de fundados que nosotros y también anhelaban alcanzar el sueño de firmar un contrato discográfico. A pesar de contar con su propio patrocinador y tener también éxitos importantes, envidiaban nuestros logros. Por eso muchas veces nos jugaban sucio y motivaban habladurías en nuestra contra, o generaban conflictos entre nosotros, para hacernos la vida más difícil y así ganarnos terreno. La mayoría de las veces lo lograban.
—No se preocupen por la competencia, ¡la romperemos esta noche en el escenario! —expuso Oliver dominado por la adrenalina, pero solo obtuvo de nosotros resoplidos y miradas de fastidio.
Matt le palmeó un hombro para animarlo y nos invitó a todos a dar lo mejor antes de marcharse. Los chicos comenzaron a gritar frases motivacionales para encenderse mientras corrían al escenario, yo solo respiré hondo y caminé tras ellos.
Desde hacía meses me sentía extraño, inconforme y aburrido. Me costaba hallarle emoción a la vida, era como si me hubiese secado por dentro.
Tocar en vivo era una de las pocas cosas que me hacían sentir bien, me encantaban los gritos y las voces de los fanáticos coreando mis canciones, pero me sentía intimidado al verlos. Tenía miedo de encontrar en sus rostros gestos de desaprobación o molestia.
Esa noche el Perla Negra estaba a reventar. Ya antes de nosotros se habían presentado otras dos bandas y los Destroyer quedaban para el final, porque siempre la desmadraban con sus apariciones creando líos y caos.
Nuestro plan era agitar bastante los ánimos del público para que estuvieran cansados para la última presentación, así los Destroyer la tendrían difícil.
Cuando los focos fueron encendidos, Oliver gritó un saludo que hizo rugir a todos. Sentí el suelo vibrar bajo mis pies, esa fue la chispa que encendió mi hoguera.
Toda la mierda que me atiborraba la mente desapareció como si hubiese sido sacudida por un fuerte viento y mi corazón comenzó a cabalgar agitado, embriagado por una emoción que me costaba describir.
No importaba las confusiones que pudiera tener en la cabeza, la música era mi lugar seguro. Mi válvula de escape.
Luego de la melódica introducción que iniciaba el primer tema, con el apoyo de las voces a capela de Theo y William haciendo un coro de murmullos mientras Oliver cantaba, cerré los ojos e hice sonar mi guitarra con furia. Así dimos inicio a una noche llena de adrenalina.





