Cuando abrí los ojos, el olor a camarón podrido y el ardor en mi garganta eran tan reales que me ahogué, luchando por respirar.
Pero no había ningún caldo, ninguna hinchazón, ninguna muerte.
Estaba sentada en mi habitación en Oaxaca, frente al formulario de solicitud del COMIPEMS. El cursor parpadeaba en la pantalla, esperando mi elección.
Mi tía Yolanda entró sin tocar, como siempre.
"Lina, ¿ya terminaste? Recuerda, la Universidad Autónoma de Oaxaca. Es una buena escuela, está cerca de casa. No necesitas ir a ningún otro lado."
Su voz era la misma, llena de una dulzura falsa que no lograba ocultar su control.
En mi vida pasada, esta era la escena que precedió a mi muerte.
Luché. Cambié en secreto mi elección a la ENCRyM en la Ciudad de México con la ayuda de mi padre. Ella lo descubrió, vendió su pequeña tienda y me siguió hasta allá, alquilando un cuartucho miserable para continuar su vigilancia.
Su constante abuso psicológico me hundió en una depresión tan profunda que apenas podía levantarme de la cama.
El final llegó un día lluvioso.
"Estás muy caprichosa, Lina. Te falta hierro," dijo, poniendo un plato humeante frente a mí. "Te preparé un caldo de camarón especial, para que te cures."
Sabía de mi alergia mortal a los mariscos. Se lo había dicho mil veces, se lo había rogado. Mi padre también.
"Tía, sabes que no puedo comer esto. Me voy a morir."
"No seas dramática," se burló. "Son solo ideas tuyas para llamar la atención. Cómelo."
Ese día, estaba tan cansada de luchar, tan vacía, que simplemente obedecí. Comí el caldo. Mi garganta se cerró, mi cuerpo se convulsionó y morí en el suelo sucio de ese cuarto, mientras ella me miraba con una expresión de fría satisfacción.
Pero ahora, he vuelto.
He renacido en el momento justo.
La miré, a esta mujer que se casó con el hombre que amaba su propia hermana, mi madre, solo por despecho. Esta mujer que me veía no como su sobrina, sino como una herramienta para atormentar a mi padre.
Esta vez, las cosas serían diferentes.
"Sí, tía," dije, con una sonrisa sumisa. "Tienes razón. Oaxaca es lo mejor para mí."
Mi padre, Roy, entró en ese momento con un vaso de agua. Al escucharme, su rostro se llenó de una preocupación que solo yo podía entender. Él era un chef increíble que había renunciado a sus sueños por este matrimonio forzado, todo para protegerme.
Yolanda sonrió, triunfante.
"Ves, Roy, tu hija no es tonta. Sabe lo que le conviene."
Se fue, dejándonos solos. Mi padre se acercó, su mirada llena de dolor.
"Hija, ¿estás segura? Tu sueño..."
Tomé su mano, una mano fuerte y callosa por años de trabajo en la cocina.
"Papá, confía en mí," susurré. "Tengo un plan. Esta vez, no solo me voy a liberar yo. Nos vamos a liberar los dos."





