Adiós, Patrick: Mi Futuro es Mío

Al día siguiente, Lina comenzó a empacar.

Sacó las cajas del almacén y empezó a vaciar el armario. La ropa, los zapatos, los regalos que Patrick le había comprado a lo largo de los años. Todo lo que la vinculaba a él y a esa casa fue a parar a las cajas.

No sentía nostalgia, solo una sensación de ligereza, como si se estuviera quitando un peso de encima.

Patrick entró en la habitación y se detuvo en seco al ver las cajas apiladas.

"¿Qué estás haciendo?", preguntó, frunciendo el ceño.

"Limpieza de primavera", respondió Lina sin mirarlo, doblando una blusa y metiéndola en una caja.

Él no insistió. Su mente estaba en otra parte.

"El abuelo quiere celebrar una cena familiar esta noche para festejar que hemos salvado los campos. Tienes que estar allí."

"No iré", dijo Lina con firmeza.

"¿Cómo que no irás? Es una orden del abuelo. Además, tu trabajo fue crucial. Tienes que estar."

"Estoy cansada. No me siento bien."

Su preocupación fue superficial, casi una formalidad. "¿Estás enferma? ¿Necesito llamar a un médico?"

"No, solo necesito descansar."

Justo en ese momento, Yolanda apareció en la puerta, con los ojos enrojecidos.

"Primo, el abuelo está preguntando por ti. ¿Lina no quiere venir? Dile que venga, por favor. La familia quiere agradecerle. Si no viene, el abuelo se enfadará."

La simple mención de la posible ira del abuelo hizo que Patrick cambiara de actitud al instante.

"Lina, tienes que venir", dijo, su tono ahora era una orden. "No podemos hacerle un desplante al abuelo. Es importante."

Lina lo miró. La facilidad con la que Yolanda lo manipulaba era dolorosa de ver. Cedió, no por él, sino para evitar un escándalo.

"Está bien, iré."

Yolanda sonrió, una sonrisa de triunfo apenas disimulada. Se acercó a Lina, fingiendo preocupación.

"¿Estás mejor, Lina? Te ves pálida. Patrick ha estado tan preocupado por ti. El otro día, cuando me sentía mal, fue hasta el pueblo de al lado solo para comprarme mis pasteles favoritos. Es el mejor, ¿verdad?"

Yolanda hablaba, pero Lina ya no escuchaba. Su mente viajó a un recuerdo de hacía dos años.

Ella había tenido una fiebre terrible. Le pidió a Patrick que le comprara una medicina específica de una farmacia que estaba a solo diez minutos de la casa. Él se había negado, diciendo que estaba ocupado con una reunión importante.

"Pide que te la traigan a domicilio", le había dicho por teléfono.

La diferencia en el trato era abismal. Para Yolanda, un capricho. Para ella, una necesidad ignorada.

Lina miró a Yolanda, que seguía hablando de lo maravilloso que era Patrick, de cómo la cuidaba y la mimaba. Cada palabra era una demostración de poder, una forma de restregarle en la cara quién era la verdadera dueña del corazón de su esposo.

Lina simplemente asintió, con una expresión indiferente.

"Sí, es muy atento", respondió, su voz plana.

Observó a Patrick y Yolanda interactuar en el pasillo. Él le acomodó un mechón de pelo, susurrándole algo que la hizo sonreír. El amor entre ellos era tan evidente, tan palpable.

Lina se preguntó cómo había podido estar tan ciega durante tanto tiempo. El dolor ya no era agudo, sino una herida sorda y profunda que, sabía, tardaría en sanar.

Pero ahora tenía una esperanza. Contaba los días. Faltaban menos de treinta para que el divorcio fuera definitivo. Treinta días para ser libre.

Esa esperanza era lo único que la mantenía en pie.

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