Adiós, Mi Esposo Cruel

El doctor se quedó paralizado, su mano temblando mientras sostenía el expediente, la forma en que sus ojos evitaban los de Ricardo y Elena lo decía todo.

Tenía miedo.

El poder de Ricardo era tan grande que incluso un hombre de ciencia se sentía intimidado, incapaz de defender la ética más básica de su profesión.

Ricardo, notando la vacilación del doctor, se acercó a él, su presencia era una sombra amenazante en la pequeña habitación.

"¿Hay algún problema, doctor?", preguntó con una calma que helaba la sangre.

"¿Acaso no entendió mis instrucciones?".

El doctor negó con la cabeza rápidamente, el sudor perlando su frente.

"No, señor, ninguno, es solo que... es un procedimiento inusual".

Elena soltó una carcajada burlona.

"Inusual es que mi hermanastra pensara que podía quedarse con todo, doctor, esto es solo poner las cosas en su lugar".

Luego, se volvió hacia Ricardo, su voz era un susurro conspirador y lleno de maldad.

"Ya que estamos en esto, Ricardo, mi amor, deberías asegurarte de que no pueda tener más hijos, sería terrible que otro pequeño error arruinara nuestros planes".

Añadió con una sonrisa torcida.

"Que le saquen el útero también, así nos ahorramos futuros problemas".

La sugerencia flotó en el aire, tan monstruosa, tan inhumana que por un segundo creí que era una pesadilla, que despertaría en cualquier momento en mi cama, con Ricardo a mi lado, susurrándome que todo estaba bien.

Pero no era una pesadilla.

Era mi nueva realidad.

Ricardo consideró la idea por un momento, una chispa de interés brillando en sus ojos oscuros, asintió lentamente, como si la idea de Elena fuera la solución más lógica y práctica.

"Tienes razón, Elena, siempre tan inteligente", dijo, su voz desprovista de cualquier emoción.

Se volvió hacia el aterrorizado doctor.

"Haga lo que ella dice, asegúrese de que sea incapaz de concebir de nuevo, no quiero dejar cabos sueltos".

Un calambre agudo y violento recorrió mi vientre, una protesta de mi cuerpo ante la brutalidad que se planeaba contra él, sentí un frío profundo, un frío que no venía de la temperatura de la habitación, sino del pozo de desesperación que se abría a mis pies.

Me iban a mutilar.

Me iban a vaciar por dentro, literalmente.

Iban a borrar cualquier posibilidad de futuro, de maternidad, de normalidad.

Ricardo revisó su reloj, un gesto casual que contrastaba grotescamente con la barbarie que acababa de ordenar.

"Tengo que irme, tenemos una inauguración importante esta noche, Elena, te encargo que supervises todo, asegúrate de que el doctor haga bien su trabajo".

Le dio un beso rápido a Elena, un beso que era una transacción, una alianza de maldad.

Luego, se dio la vuelta y salió de la habitación sin siquiera dedicarme una última mirada, como si mi existencia se hubiera borrado para él en el momento en que dejé de serle útil.

Me quedé sola con Elena y el doctor, prisionera en mi propio cuerpo, esperando la siguiente oleada de dolor.

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