Pasaron tres días. Tres días en los que Alejandro no durmió en la casa. No llamó, no mandó un mensaje. El silencio era su arma más poderosa, y siempre la usaba con maestría.
La mansión se sentía más vacía que nunca. Las novecientas noventa y nueve rosas se marchitaban lentamente en sus jarrones, llenando el aire de un olor dulce y decadente, el perfume de la muerte. Le ordené al personal de limpieza que las tiraran todas.
Al cuarto día, apareció.
Entró en la cocina como si nada, justo cuando yo me servía una taza de té. Llevaba su ropa de campo, olía a cuero y a tierra.
"Buenos días," dijo, y se sentó a la mesa, esperando que le sirviera el desayuno como siempre.
No lo hice. Me senté frente a él con mi taza entre las manos.
Me miró, un poco sorprendido por mi inacción.
"Se ve que sigues de mal humor."
"Te pedí el divorcio, Alejandro. No es un mal humor pasajero."
Él suspiró, como si estuviera lidiando con una niña caprichosa.
"Sofía, ya hablamos de eso. Fue un capricho por el aniversario. Entiendo que las rosas no te gustaron, la próxima vez te compraré diamantes. ¿Te parece?"
Su tono era condescendiente. No entendía nada. O no quería entender.
"No se trata de las rosas, Alejandro. Se trata de que después de ocho años, sigues sin saber quién soy. Se trata de que me regalaste la única cosa en el mundo que te pedí que nunca me dieras."
"Es solo un regalo, por Dios. No exageres."
"Se trata de Mónica," solté, y su rostro se tensó.
"¿Otra vez con eso? Ya te dije que Mónica no tiene nada que ver. Es mi secretaria, es eficiente, y se quedó trabajando hasta tarde. Fin de la historia. Es un malentendido tuyo."
Su capacidad para mentir sin parpadear era asombrosa. Intentaba hacerme creer que yo estaba loca, que mi percepción de la realidad estaba distorsionada.
"No es un malentendido, Alejandro. Es la verdad que he estado ignorando por años."
Me levanté y caminé hacia la ventana. El jardín, perfectamente cuidado, parecía una postal. Una vida perfecta de mentira.
"No culpes a Mónica," le dije, dándole la espalda. "Ella solo ocupa el espacio que tú dejaste vacío. El problema no es ella. El problema eres tú."
Pude sentir su irritación creciendo a mis espaldas. No estaba acostumbrado a que lo confrontaran.
"¿El problema soy yo? ¿Yo, que te saqué de ese barrio miserable y te di todo esto? ¿Yo, que te convertí en la señora de la hacienda más importante de la región?"
Se levantó y se acercó a mí. Su voz era un siseo peligroso.
"Tú eres la que no cumple con su papel. Vives en tu mundo, siempre triste, siempre distante. Ni siquiera puedes cuidar bien de nuestro hijo. Mónica pasa más tiempo con él que tú, y él la adora. Quizás ella sería mejor madre."
Esa fue la última gota.
La ofensa fue tan profunda, tan cruel, que no sentí dolor. Solo un frío glacial que me recorrió entera.
Me di la vuelta lentamente y lo miré a los ojos.
Por primera vez en ocho años, no vi al hombre poderoso. Vi a un hombre patético, asustado, tratando de herirme para mantener el control.
Y por primera vez, me di cuenta de que ya no lo tenía.





