Adiós, Amor Traicionado

El dolor agudo en mi pecho me despertó, era un dolor que conocía muy bien, el mismo que sentí justo antes de morir en mi vida pasada. Abrí los ojos de golpe, el aire entraba en mis pulmones con dificultad, mi corazón latía desbocado, como un tambor de guerra. No estaba en el frío y solitario mausoleo donde me habían enterrado, sino en mi propia habitación, la que había decorado con tanta ilusión para mi matrimonio. La luz del sol se filtraba por las cortinas de seda, todo era exactamente como lo recordaba, todo estaba como antes de la boda.

Un sudor frío recorrió mi espalda. ¿Había vuelto? ¿Realmente había regresado al punto antes de que mi vida se convirtiera en un infierno?

Mi sirvienta, Isabella, entró corriendo a la habitación, su rostro joven lleno de preocupación.

"Señorita Sofía, ¿está bien? Tuvo una pesadilla, gritaba un nombre… Ricardo."

Ricardo. El nombre se clavó en mi mente. Mi prometido, el hombre por el que había dado todo y que me había traicionado de la manera más cruel. Me traicionó con mi mejor amiga, Valeria, la mujer a la que siempre eligió por encima de mí. Recuerdo el día de mi muerte, el veneno lento que me dieron, cómo me debilitaba día a día mientras ellos vivían su romance a mis espaldas. Recuerdo haberlos visto juntos, felices, mientras yo agonizaba.

"Estoy bien, Isabella," dije, mi voz sonaba ronca, extraña. Me senté en la cama, mis manos temblaban. Miré mis manos, jóvenes y sin las marcas de la enfermedad. Estaba viva. Tenía una segunda oportunidad.

Esta vez, no cometería el mismo error, no me casaría con Ricardo, no dejaría que me destruyeran de nuevo.

"Isabella, prepara mis ropas, las mejores que tenga. Voy a ver a Su Majestad, el Emperador," ordené con una firmeza que sorprendió a la joven sirvienta y a mí misma.

"¿Al Emperador? ¿Pero, señorita? Hoy tenía una cita con el joven maestro Ricardo para…"

"Cancela esa cita," la interrumpí. "Lo que voy a hacer es mucho más importante."

No había tiempo que perder. En mi vida pasada, mi matrimonio con Ricardo, el hijo del Primer Ministro, era visto como una alianza política beneficiosa. Pero yo sabía que había otra amenaza para el imperio, una mucho mayor: las tribus del norte. Siempre estaban en conflicto con nosotros, causando inestabilidad en la frontera.

Me vestí con cuidado, eligiendo un vestido que me hiciera ver seria y decidida. Mi reflejo en el espejo me mostró a una joven Sofía, con los ojos llenos de una determinación que no tenía en mi vida anterior. El dolor del pasado era mi armadura.

El palacio imperial era tan majestuoso como lo recordaba. Me arrodillé ante el Emperador, un hombre de mediana edad con una mirada sabia y justa.

"Sofía, hija del Duque, ¿a qué debo el honor de tu visita inesperada?" preguntó el Emperador, su voz resonando en el gran salón del trono.

"Su Majestad," comencé, mi voz clara y firme. "Vengo a solicitar la anulación de mi compromiso con Ricardo, el hijo del Primer Ministro."

Un murmullo recorrió la sala. El Emperador levantó una ceja, sorprendido.

"¿Anular el compromiso? Esa es una petición seria, Sofía. ¿Hay alguna razón de peso?"

"La hay, Su Majestad. No es por un capricho personal, sino por el bien del imperio. En lugar de casarme con Ricardo, deseo casarme con el líder de las tribus del norte."

El silencio en la sala fue absoluto. Incluso el Emperador pareció quedarse sin palabras por un momento.

"¿Casarte con el líder bárbaro? ¿Sabes lo que estás pidiendo? Sería un sacrificio enorme, la vida en el norte es dura, muy diferente a la que conoces."

"Lo sé, Su Majestad. Pero este matrimonio aseguraría una paz duradera en la frontera. Uniría a nuestros pueblos, detendría el derramamiento de sangre. Mi felicidad personal no es nada comparada con la estabilidad del imperio," dije, repitiendo las palabras que había ensayado en mi mente. Era una jugada arriesgada, pero era mi única salida.

El Emperador me miró fijamente, estudiando mi rostro. Vio mi determinación, la seriedad en mis ojos.

"Tu sacrificio es noble, Sofía," dijo finalmente. "Y tu lógica es impecable. Una alianza a través del matrimonio con el norte sería, en efecto, un gran beneficio para el imperio. Acepto tu petición. Anularé tu compromiso con Ricardo y te enviaré al norte como nuestra princesa de la paz. Como recompensa por tu valentía, te concedo el título de Princesa Real."

Sentí una ola de alivio recorrer mi cuerpo. Lo había logrado. Mi futuro había cambiado.

"Gracias, Su Majestad," susurré, inclinando la cabeza.

Cuando volví a casa, la noticia de la decisión del Emperador aún no se había hecho pública. Isabella me recibió en la puerta, su rostro era un manojo de nervios.

"Señorita, el joven maestro Ricardo ha estado esperando por usted. Está en el salón principal."

Mi corazón dio un vuelco. No quería verlo, no todavía. El simple hecho de pensar en su rostro me causaba náuseas.

"Dile que estoy indispuesta, que no puedo recibirlo," dije, evitando la entrada principal.

Decidí salir por el jardín trasero, necesitaba aire fresco para calmar mis nervios. Mientras caminaba por el sendero de piedra, escuché voces familiares provenientes de una glorieta oculta entre los rosales. Eran Ricardo y Valeria.

Me escondí detrás de unos arbustos, mi corazón latiendo con fuerza contra mis costillas. Podía verlos claramente. Ricardo sostenía a Valeria en sus brazos, ella lloraba desconsoladamente.

"Tranquila, mi amor, tranquila," le susurraba Ricardo, acariciando su cabello. "Yo siempre te protegeré."

"Pero Ricardo, tu boda con Sofía es en una semana. ¿Qué pasará conmigo? ¿Me abandonarás?" sollozó Valeria.

Valeria. Mi mejor amiga. En mi vida pasada, había perdido a su prometido, Pedro, en una batalla en la frontera. Ricardo la había "consolado", y ese consuelo se convirtió en un romance secreto que me destruyó. Verlos ahora, repitiendo la misma escena, confirmaba que mis recuerdos no eran una pesadilla, eran la cruda realidad.

Quería acercarme, quería gritarles, exponer su traición. Pero me contuve. ¿Qué ganaría con eso? Ya había cambiado mi destino. En esta vida, su drama ya no era mi problema. Observé sus rostros, la forma en que Ricardo miraba a Valeria con una ternura que nunca me dedicó a mí. Quería entender qué tenía ella que yo no. ¿Por qué él la eligió a ella? Decidí quedarme un poco más, observar de cerca a la mujer que me había robado todo.

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