Adicta al placer

Los labios de Elena apenas rozaron los míos. De inmediato, se retiró. Yo estaba muy sorprendida, tanto que no lograba cerrar los ojos. Ella se me quedó mirando expectante, al parecer esperando a mí reacción, pero yo no retiré la mirada.

Quizás solo lo hice por el calor del momento, y porque antes me había quedado a medias, pero me incliné hacia adelante y le devolví el beso. Este segundo contacto entre nuestros labios fue un poco más largo e intenso. A pesar de eso, volvimos a separarnos, ninguna de las dos había besado antes a otra chica.

Pero las dos nos sentíamos cómodas con la otra. Y calientes, muy calientes, así que sin detenernos a pensar comenzamos a besarnos una vez más.

Sentí que la punta de su lengua entraba a mi boca y la recibí con mucho gusto. Si sus labios normalmente se veían muy sensuales, debo admitir que probarlos se sintió diez veces mejor que mirarlos. Nuestras bocas estaban hambrientas y nuestras lenguas jugueteaban entre sí. Ese no era mi primer beso, ya había besado a un par de chicos antes, pero no había comparación alguna. Nunca se había sentido tan intenso.

Alargué las manos para acercarla mucho más a mi cuerpo y ella no opuso ninguna resistencia. Se me acercó, como si estuviera de acuerdo en seguir lo que habíamos iniciado.

Sin dejar de besarnos, nos bajamos de la cama hasta quedar sobre la alfombra, donde solíamos sentarnos con frecuencia a charlar. Sin poder contener mi impulso, estiré la mano y agarré uno de sus senos. Dios, eran enormes, deseaba intensamente verlos desnudos. Comencé a quitarle el jersey, y después desabroché y lancé lejos su sostén negro. Sus grandes tetas aparecieron tentadoras ante mí, y no dudé un segundo antes de inclinarme y llevar mi boca a uno de sus pezones.

Elena soltó un suspiro de placer mientras yo me dedicaba a chuparle los pezones y a mordisqueárselos con suavidad. Eso me estaba encantando, y también ella lo estaba gozando.

Elena se separó un instante y me quitó la blusa del pijama. Mis pechos eran diminutos comparados con los suyos, pero estaban muy duros por la excitación.

Después ambas nos quitamos la ropa restante y la tiramos por el suelo. Era la primera vez que nos veíamos totalmente desnudas; aunque habíamos ido varias veces juntas a la playa y a otros sitios. Ninguna de las dos podía apartar los ojos del cuerpo desnudo de la otra. Me excitó mucho ver que ella no se rasuraba, tenía un pequeño montoncito de cabellos rubios sobre su coñito virgen. Por otro lado, yo no tenía porque no me gustaban tener vellos púbicos.

Los dedos de Elena comenzaron a explorar mi cuerpo, comenzando por mis pechos. Enredó dos dedos en mis pezones y los pellizcó con suavidad. Di un pequeño respingo de placer y me lancé a su cuello para besarlo.

Mis manos estaban inquietas, quería descubrir mucho más de su cuerpo, así que llevé una de mis manos a su vagina. Ella se estremeció ante el contacto, e incluso a mí me sorprendió lo bien que se sentía tocar un coñito ajeno. Definitivamente no sabía cómo iba a quitarme esa idea deliciosa de la cabeza después.

Estábamos sentadas en el suelo, y Elena abrió más sus piernas para permitirme un mejor alcance. Yo comencé a frotar su clítoris con ayuda de su propia humedad. Dios, se sentía tan rico. Como estaba tan mojada, me fue muy sencillo deslizar uno de mis dedos dentro de su coñito, aunque lo hice con mucha suavidad para no lastimarla.

Soltó un gemido de placer cuando mi dedo llegó a su límite. Con delicadeza, empecé a moverlo dentro y fuera.

Pero yo también quería que ella me tocara, me parecía que iba a manchar la alfombra con mis fluidos. Guié su mano hasta mi entrepierna y ella comprendió la idea. Casi suelto un chillido cuando comenzó a masturbarme. Me rodeó el clítoris con dos dedos y, luego de pasarse un momento así, también me penetró con un dedo.

Su mano imitaba a la mía, ambas nos estábamos dando mucho placer. Sin embargo, yo quería ir más lejos, quería probarla. Sin previo aviso, me alejé y le di la espalda. Me subí a ella, obligándola a acostarse, y metí mi rostro entre sus piernas de modo que el suyo quedara también entre las mías. Le puse la lengua en su vagina brillante, y cuando sentí su lengua acariciándome con gran suavidad, solo podía pensar en cómo no habíamos intentando algo tan delicioso antes.

Elena abrió todavía más las piernas para recibir mi boca, y las dos parecíamos estar experimentando el mismo placer. Le lamí bien la hendidura de su coñito y penetré tan profundamente como podía. Luego pasé a su clítoris y lo lamí con ganas. Cada vez que retiraba la lengua, ella acercaba su cuerpo a mi boca, implorando por más. El sabor y el olor de sus fluidos inundaban mis sentidos por completo.

Mientras tanto, ella me chupaba el clítoris y tiraba con suavidad de él. Cuando comenzó a mover la lengua, introduciéndola en mí y sacándola, mi cuerpo respondió a su ritmo. Eso era mil veces mejor que mis dedos.

Yo la chupaba cada vez más rápido y sus gemidos confirmaban que lo estaba disfrutando de lo lindo. Su clítoris pareció endurecerse todavía más y eso me excitó tanto que sentí que llegaba al orgasmo.

Elena se dio cuenta y, mientras yo me estremecía sobre su rostro, siguió lamiendo y metiéndome la lengua. Eso me hizo lamerle con mayor fuerza y rapidez también, y ella no tardó en correrse. Su cuerpo siguió temblando con cada espasmo y yo seguí lamiendo, hasta que apartó suavemente mi cabeza de su coñito.

Quizás no había estado perfecto, pero para ser la primera vez de ambas no estuvo nada mal. Los videos de la web ayudaban demasiado, yo casi me creía una experta.

Después de ese momento tan intenso, nos acostamos una al lado de la otra y comenzamos a reírnos. ¿Cómo habíamos llegado a eso? Sí que estábamos dementes. Sin embargo, eso no cambiaría que siguiéramos siendo mejores amigas. Al contrario, estábamos de acuerdo en que esa había sido de cierta forma una manera de reforzar la amistad.

Elena no se quedó mucho rato en casa, sus padres la estaban esperando para cenar y los míos no tardarían mucho en llegar. Antes de irse, me miró con mucha picardía y me recordó que abriera el regalo, enfatizando una vez más en que lo hiciera cuando estuviera a solas.

—Bien —me dije cuando regresé a mi habitación después de acompañarla a la salida—, veamos de qué se trata.

La curiosidad me estaba matando, así que rompí el lazo y abrí la caja a toda prisa sobre mi cama.

—¡Oh, por Dios! —exclamé y solté una risotada nerviosa al ver el contenido.

Elena y su hermana me habían comprado unas bolas chinas, ¡un jodido juguete sexual! Eran muy pequeñas y de un color rojo brillante. ¡Me encantaban!

Y, bueno, no me quedaría otro remedio que estrenarlas muy pronto, no podía hacerles un desaire. Entonces, se me ocurrió el momento perfecto para hacerlo: al día siguiente, en el colegio...

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