A Plena Luz

Los tacones de Alma resonaban con fuerza en el mármol del vestíbulo. A esas horas, la sede de Seré parecía un gigante dormido: oficinas vacías, luces tenues, y un eco que multiplicaba cada paso. Pero ella no necesitaba público para trabajar. Era su imperio, y no dormía nunca.

Con el abrigo aún puesto, cruzó directamente al área de seguridad.

-Quiero acceso a los perfiles de las cuentas que compraron nuestros dominios espejo esta semana -ordenó sin rodeos al jefe de TI-. Alguien está tratando de desviar nuestro tráfico web, y no fue un aficionado.

El hombre tragó saliva.

-Estamos rastreando IPs, pero están rebotando en servidores de Hong Kong y Suiza. La estructura... es compleja. Esto es trabajo de alguien con recursos. Alguien que conoce sus movimientos, señora Serrano.

Alma sintió un escalofrío.

-Sigan. Quiero respuestas, no excusas.

Mientras salía del edificio, su mente ya no estaba en los clones web. Estaba en esa nueva empresa, Theia Corp. Había algo en la forma en que irrumpían en el mercado. Demasiado estratégica, demasiado elegante, como si cada movimiento estuviera pensado... como los de ella.

Y entonces, sin quererlo, una idea absurda la atravesó.

¿Y si alguien cercano la estuviera traicionando?

Sacudió la cabeza. Paranoia. Otra vez ese maldito instinto de control.

Pero no pudo evitar pensar en Tomás.

Al día siguiente

Tomás estaba sentado en su oficina secreta, un apartamento minimalista en el piso 10 de un edificio anodino en el centro financiero. Nadie lo conocía ahí como Tomás Serrano. Ahí, era Leonel Duarte, fundador de Theia Corp, CEO silencioso, cerebro tras el ataque quirúrgico a las grandes marcas.

La pantalla frente a él mostraba un mapa de conexiones: diseñadores que antes trabajaban para Seré, ahora colaboraban como consultores externos para él. Influencers que abandonaban contratos con Alma por campañas más "auténticas" diseñadas por su equipo. Todo avanzaba como lo planeó.

Todo... menos su conciencia.

Había jurado no mezclar emociones con negocios. Pero Alma no era un negocio. No más.

Y aún así, cada clic que daba para ganar terreno era un paso hacia su ruina emocional.

Su asistente entró con una carpeta.

-La señora Serrano solicitó informes legales sobre nosotros. Ya activamos el protocolo de defensa. También... ha comenzado a rastrear los movimientos en bolsa. Si conecta las piezas, sabrá que la inversión principal viene de tu holding en Brasil.

Tomás apretó los dientes.

-Ocúltalo. Y aumenta la presión. Quiero que sus nuevos diseños fracasen antes de salir al mercado.

-¿Estás seguro, jefe?

Él no respondió. Solo miró la pantalla... donde una foto de Alma, tomada durante su último desfile en París, decoraba un encabezado de prensa.

"La reina de la moda sigue reinando."

Esa noche

La cena fue tensa.

Alma removía la pasta en su plato sin probarla. Tomás hablaba de trivialidades: una tienda nueva en el barrio, una receta que quería probar, una serie recomendada. Pero ella apenas respondía.

-¿Pasa algo? -preguntó finalmente.

Ella lo miró fijamente.

-¿Sabes algo sobre una empresa llamada Theia Corp?

Silencio. Un parpadeo demasiado largo de parte de él. Luego, la voz suave y calmada de siempre:

-¿Theia? ¿Una marca de ropa? Escuché algo... ¿Por qué?

-Están copiando nuestros patrones. Nuestros lanzamientos. Es como si supieran cada paso que doy antes de darlo.

Tomás alzó las cejas con gesto de sorpresa perfectamente ensayado.

-Tal vez tienes una espía interna. ¿Lo has considerado?

-Lo he considerado todo.

-¿Crees que alguien cercano a ti podría hacerte eso?

Ella lo miró.

Fijamente.

Demasiado tiempo.

-No lo sé. Pero si lo descubro... no voy a tener piedad.

Más tarde esa noche

Alma no podía dormir. Bajó a su estudio, donde conservaba bocetos, revistas, ideas a medio formar. En una de las repisas encontró un cuaderno viejo que usaba al inicio de su carrera. Lo abrió, nostálgica... y se detuvo.

Allí, en una página, estaba el dibujo de un logo que diseñó diez años atrás. Un símbolo de luz, con un trazo curvo como una "T" invertida... algo que nunca usó públicamente.

Y sin embargo, ese mismo símbolo era el que había visto hace horas en una de las fotos promocionales de Theia Corp. En la esquina, casi escondido.

El corazón le dio un vuelco.

Nadie conocía ese diseño.

Nadie... excepto Tomás.

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