99 Veces de Frasco Revela Tu Infidelidad

La muerte de mi padre llegó como un ladrón en la noche, silenciosa y definitiva. Un accidente automovilístico, dijeron los policías, un giro desafortunado del destino en una carretera mojada. Pero para mí, fue el fin del mundo. Papá no era solo mi padre; era el corazón y el alma de la joyería "Legado de Sol", el negocio que su abuelo había fundado y que él había convertido en un sinónimo de honestidad y artesanía.

Con su muerte, el corazón de la joyería dejó de latir. Las deudas que él había mantenido a raya con su reputación y su trabajo incansable, ahora se abalanzaban sobre nosotros como una jauría de lobos. La empresa, nuestra casa, todo estaba al borde del abismo. Mi madre, hundida en un dolor mudo, apenas salía de su habitación. La responsabilidad cayó sobre mis hombros, un peso tan grande que apenas me dejaba respirar.

Intenté de todo. Fui a los bancos, les mostré los libros, los diseños de mi padre, mis propios bocetos. Les hablé de planes, de futuro, de legado. Solo recibí miradas de compasión y negativas amables.

"Lo sentimos, Sofía, pero sin tu padre, el riesgo es demasiado alto".

Los amigos de la familia, aquellos que habían brindado con papá en las buenas épocas, de pronto estaban muy ocupados, sus teléfonos no respondían. La soledad era una habitación fría y vacía en la que me estaba congelando.

Y entonces, apareció Ricardo.

Mi prometido.

Él se convirtió en mi salvador. Llegó con una sonrisa cálida y un cheque que cubrió las deudas más urgentes. Me abrazó mientras yo lloraba, prometiéndome que juntos sacaríamos adelante el legado de mi padre.

"No estás sola, mi amor. Estoy aquí. Nos casaremos, y esta será nuestra lucha".

Su propuesta, en medio del caos y la desesperación, fue un faro de luz. Le dije que sí, con lágrimas en los ojos y una gratitud que me ahogaba. Creí que el amor me había rescatado.

Nos casamos. Y durante cinco largos años, luchamos. O, mejor dicho, yo luché. Me sumergí en el taller, diseñando día y noche, creando colecciones que llevaban mi alma en cada detalle. Ricardo se encargaba de la parte de negocios, de los contactos, de las estrategias de lanzamiento.

Pero cada intento terminaba en fracaso.

Noventa y nueve veces.

Noventa y nueve lanzamientos, noventa y nueve proyectos, noventa y nueve sueños rotos. Cada vez, un competidor se nos adelantaba con un diseño sospechosamente similar. Cada vez, una filtración inexplicable arruinaba la sorpresa. Cada vez, la inversión se convertía en polvo.

Y cada vez, Ricardo estaba ahí para consolarme.

"No te preocupes, Sofía. Eres una genio. La próxima vez será la nuestra".

Me traía una rosa roja, mi flor favorita, y me besaba la frente. Y yo, agotada y desmoralizada, me aferraba a él, mi roca, mi apoyo incondicional. Creía en sus palabras. Creía en nosotros.

Hasta esa noche.

Era el aniversario de la muerte de mi padre. Había pasado el día encerrada en el taller, trabajando en el proyecto número cien, una colección que sentía, por fin, que era la definitiva. Volví a casa más temprano de lo habitual, exhausta y con ganas de acurrucarme junto a mi esposo.

La casa estaba en silencio. Subí las escaleras, y al pasar por su estudio, escuché su voz. Hablaba por teléfono, en un susurro cómplice que me heló la sangre.

"Sí, Luis, no te preocupes. Los diseños finales de la colección 'Renacer' ya están en tu correo".

Hizo una pausa, y luego soltó una risita.

"Ella no sospecha nada, como siempre. Mi pobre y talentosa Sofía... sigue diseñando para ti sin saberlo. Eres un genio, Luis, pero yo te doy las herramientas".

Me apoyé en la pared, el aire se escapó de mis pulmones. Luis. Luis Vega. Nuestro principal rival. El "niño prodigio" de la joyería que había surgido de la nada y cuyo éxito era un espejo de nuestros fracasos.

Pero lo que Ricardo dijo a continuación destrozó mi universo en un millón de pedazos.

"Hago lo que sea por ti, Luis. Siempre lo he hecho. Sabes que eres el único al que he admirado... el único al que he amado desde que éramos niños. Ver tu éxito es el mío".

Amor.

La palabra resonó en el pasillo, rebotando en las paredes de mi cráneo. No era admiración. No era envidia. Era amor. Un amor platónico, obsesivo y retorcido que lo había llevado a usarme.

Cinco años. Noventa y nueve fracasos. Noventa y nueve rosas rojas. Todo había sido una farsa. Mi matrimonio, su apoyo, su amor... una mentira construida sobre las ruinas del legado de mi padre para pavimentar el camino de otro hombre. El hombre que él amaba.

Entré en nuestra habitación, la misma que habíamos compartido durante cinco años, y me miré al espejo. Ya no veía a la mujer ingenua y confiada que se había casado con su salvador. Veía a una extraña con los ojos encendidos por el fuego de la traición.

El dolor era un océano negro y profundo, pero debajo de él, algo nuevo comenzaba a arder.

La rabia. La determinación.

Se acabó.

Ricardo había jugado su partida. Ahora, me tocaba a mí mover ficha. Y no iba a jugar para empatar.

Iba a jugar para destruir.

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